Islas Canarias: Fuerteventura y Adeje, playas y atracciones


El municipio más extenso de las Islas Canarias se encuentra en Fuerteventura. Quizás por ello, también es el que cuenta con el mayor número de playas de todo el archipiélago, reuniendo hasta 28 kilómetros de longitud en la de Sotavento.   

A  la playa de Sotavento habria que sumar numerosas calas y la playa de Cofete, ubicada dentro del Parque Natural del mismo nombre y que es el único sitio en el mundo donde se reproduce el endemismo conocido como Cardoncillo de Jandía (Euphorbia handiensis). Sin embargo, no son las playas el único atractivo de este municipio isleño. La zona de Pájara comenzó a poblarse en el siglo XVI y, dos centurias más tarde, era un núcleo de población importante, motivo por el que, en 1711, se creó la ayuda de parroquia de Nuestra Señora de la Regla.

Dentro de este municipio, destacan las localidades de Ajui y Morro Jable. La primera, de exquisito sabor marinero, fue el punto de desembarco de los conquistadores hispanos, conocido como Puerto de la Peña. Además, en este lugar es posible observar fragmentos de la placa continental africana. En cuanto al segundo pueblo, su mayor riqueza es poder ofrecer todavía una larga lista de productos típicos de la gastronomia tradicional.

A pesar de que el turismo ha ido ocupando a la mayoria de los habitantes de Pájara, muchos de ellos han conservado las tradiciones ganaderas, cuya máxima representación son las apañadas, que también se realizan en el resto de la isla, y que consisten en la reunión de ganaderos para conducir a las gambuesas al ganado que se encuentra en la costa en estado semisalvaje, y proceder a una marca propia que se realiza en las orejas y la cara de cada animal.

Por último, un paseo por el municipio de Pájara pennite descubrir que guarda numerosos ejemplos de arquitectura tradicional civil y religiosa, destaca la iglesia de Nuestra Señora de la Regla, cuyo pórtico ofrece decoración aparentemente azteca, y la ermita de San Antonio, construida en el siglo XVIII en Toto.

Cuna de los antiguos menceyatos guanches, Adeje muestra con orgullo la naturaleza inalterable de sus paisajes y de sus gentes. Sito al suroeste de Tenerife, este municipio cosmopolita y rústico, al mismo tiempo, oferta paradisiacas playas de arenas volcánicas y espléndidos paisajes, entre los que destaca la majestuosidad y gran belleza del barranco del Infierno.

Conocer el presente de Adeje es dificil sin entender su pasado, que lo es también de toda la isla de Tenerife. La comarca fue trono de reyes. Según la tradición, Tenerife o Chineide, el nombre dado por sus primitivos pobladores, había sido regida por un único rey, el Gran Tine¡fe, que residía en Adeje. A su muerte, sus nueve hijos adoptaron el título de mencey y se repartieron la isla. Adeje fue para Abitocarpe, al que le sucedió Pelinor, que perdió sus dominios en 1496, cuatro años después de que Cristóbal Colón pasara por Canarias para descubrir el Nuevo Mundo, cuando Alfonso Fernández de Lugo concluyó la conquista del piélago.

El patrimonio de Pelinor, quien, convertido años más tarde al catolicismo, pasó a llamarse Diego de Adeje, cayó en manos de uno de los conquistadores castellanos que transmitió los derechos del señorío de Adeje a la familia Ponte, los cuales fundaron un mayorazgo y edificaron la Casa Fuerte para defender sus tierras de los continuos ataques de los corsario s capitaneados por John Hawkins.

En 1657, Felipe IV nombra a Don Juan Bautista de Ponte y Paxes soberano señor de sus dominios con poder para levantar horca, patíbulo y todas las demás prerrogativas de la jurisdicción feudal. En 1676, Don Juan fue distinguido con el título de Marqués de Adeje. Más tarde, se unieron a este marquesado el condado de La Gomera y el señorío de El Hierro. En 1750, los señores de Adeje dejaron de vivir en la Casa Fuerte, que fue ocupada por un intendente. Aquí estuvo el primer ingenio de azúcar de la isla, alimentado por las caudalosas aguas que corrían por el barranco del Infierno y que, según Georges Glass, tenía más de mil esclavos negros.
 

Texto: Araceli Rincón