Córdoba, su mezquita y sus atracciones en tres días


En el viaje a Córdoba pasamos por Alcázar de San Juan, Manzanares, Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela. Por fin entramos en Andalucía. La primera estación en esta Autonomía es Vilches, luego Linares, Balza, Espeluy, Villanueva de la Reyna, Andújar, Marmolejo, Villa del Río y Montoro. Llegamos a Córdoba con un día radiante y cálido. El hotel de estilo moderno e impersonal no dice nada por fuera, pero por dentro es de primera.

Descansamos y me siento totalmente afebril. Salimos a dar un primer paseo. Subimos por la Avenida Este de la victoria y hacemos algunas cuadras por Concepción Condomar. Cenamos en "Cyro's", un restaurante pequeño y elegante que descubrimos en el trayecto. Al terminar de comer María sufre un acceso de fatiga como no tenía desde antes de casarnos. Felizmente es muy breve, pero me pego un susto padre. Duermo irregularmente, con continuos sobresaltos, pero gracias a Dios el fenómeno no se repite.
 

8-11 (jueves).- María se despierta como nueva y podemos disfrutar un desayuno opíparo. Vamos a sacar los pasajes de ómnibus para Granada, y en el camino conocemos la Facultad de Veterinaria: un gran y hermoso parque con un edificio de un estilo mudéjar muy "majo". Enseguida nos dirigimos a la judería por la Puerta de Almodóvar, y apenas comenzamos a recorrer la Calle de Judíos nos topamos con la sinagoga, construida en 1314, y que estuvo activa hasta 1492. Luego de esta terrible fecha, fue hospital para hidrófobos, y luego sede de la cofradía de los zapateros. Presenta una planta cuadrada a la que se llega a través de un atrio de columnas. En la pequeña estancia se pueden admirar las yeserías mudéjares que decoran muros y balcones internos. Sobre los arcos de estos balcones aparecen inscripciones con versículos de salmos. En la repisa sobre la que se apoya el arco ojival de uno de los muros, hay otra inscripción, ésta en caracteres árabes: "A Yahveh, todo reino y poderío". No es grato saber que ésta y las dos de Toledo son las únicas sinagogas que quedan en pié en España.

Al salir de la Sinagoga me oriento por la torre de la Catedral, con verdadera ansiedad por llegar hasta ella y comprobar si es tan maravillosa como se dice. Esta leve duda va a parecerme una blasfemia en muy poco rato. Al llegar frente a sus muros no es posible evitar la regresión filogenética: me siento en el siglo IX ó X, en esa Córdoba de las 3000 mezquitas. Las puertas y fachadas no dejan lugar para la fantasía personal: todo el sentido de la vida está explicitado en su exquisita decoración, que curiosamente no ha perdido nada de actualidad. Nos metemos en el Patio de los Naranjos, más pequeño y no tan sutil como el de Sevilla, pero tan sugerente como aquel, con su deliciosa fuente del olivo. Lo hacemos por la puerta que mira al norte -la Puerta del perdón- que fue construida en el siglo XIV y constituye un magnífico ejemplo de la arquitectura mudéjar. Al lado de esta obra maestra de la arquitectura oriental se levanta la torre construida bajo la dirección de Hernán Ruiz Matildenada por un San Rafael tallado por Pedro de Paz.
Entrar a la mezquita es una experiencia inolvidable. Ese bosque de columnas y arcadas nos deja pasmados. Hasta María que no es muy lo arquitectónico, murmura varias veces: "iQué mezquita se suceden unos a otros, una fantástica suma que parece tender al infinito. Recorrer estas naves es como viajar por la fantasía de "Las Mil y Una Noches".

El suave colorido del Mihrab, con su cúpula de mosaico policromado, como su arco frontal -sostenido por elegantes columnas de capiteles bizantinos-, ayuda a superar el impacto de la entrada con la movilización de un goce estético muy difícil de describir.

En medio de esta exuberancia oriental está engarzada la Catedral, o mejor dicho su Capilla Mayor, en la que se destaca la sillería del Matilde y los púlpitos churriguerescos de madera delicadamente tallada, así como el retablo del altar mayor, y el tabernáculo barroco de jaspe y mármol.

Los fundamentalistas, que no faltan en ningún sector del pensamiento humano, se rasgan las vestiduras frente a esta mezcla de estilos y lo denuncian como sacrílego, pero a mí me sobrecoge el resultado final pues lo veo como una conjunción de espíritus que me ayuda a entender lo andaluz, tan moro como cristiano.

Al salir, casi sin aliento, almorzamos en "La Fragua", un diminuto y pintoresco restaurante de la judería. Comemos solos, muy bien, y con una loza que asombra encontrar en un lugar para nada exclusivo.

Hacemos la digestión caminando hacia el Guadalquivir, cruzamos el Puente Romano, constantemente transitado por automóviles, camiones y autobuses, y llegamos a la Torre de la Calahorra, fortificación árabe del siglo XIV, muy cerca de los restos de un viejo molino árabe -el Molino de la Albolafia-. Es una maciza construcción en forma de cruz y con torreones almenados.

El Centro Cultural "Torre de la Calahorra", a través de una presentación tecnológicamente de gran perfección, y con material tan abundante como valioso, resulta una mostración vivencial de ese curioso precursor evolutivo del ecumenismo que estaba implícito en el sentido de la vida del Al-Andalus. Las palabras de Averroes, Maimónides, Alfonso X El Sabio e Ibn Al'Arabi, engarzadas en un exquisito marco musical, transmitidas a través de los audífonos-guías que entregan a la entrada, nos hacen añorar un tiempo en que la tolerancia era dimensión coextensiva a la solidaridad. Formas menos evolucionadas, pero riquísimas, de aquello a lo que hoy aspiramos con el nombre de Civilización del Amor. Salimos con la intensa emoción de haber realizado una experiencia antropológica que dejará profundas huellas.

Damos una vuelta alrededor de la torre para contemplar el contraste entre la severidad de sus líneas, explícitamente bélicas y la sutileza de los contenidos espirituales que brinda la visita por su interior. Al cruzar nuevamente el Puente Romano nos detenemos brevemente en el pequeño parque con la Puerta del Puente que no me resulta muy atractiva, y a su izquierda, el Triunfo de San Rafael, una bella estatua del Arcángel coronando una hermosa columna de mármol, que, a su vez, está apoyada en una compleja construcción arquitectónica y escultórica, que podemos ver sólo desde cierta distancia pues está .rodeada por una fuerte reja que la ciñe estrechamente, y por otra rectangular que circunda todo el predio en el que está ubicado el  monumento. Una última mirada al Guadalquivir, con la Torre de la Calahorra en la orilla opuesta, y nos internamos nuevamente en la Judería. No acierto con el camino adecuado y terminamos en el centro comercial de Granada, que no tiene nada de particular, por lo tanto, y teniendo en cuenta que María está extenuada, tomamos un taxi hasta el hotel. Al llegar, y pasada la excitación de lo vivido, siento que estoy nuevamente con fiebre, de manera que sin decirle la causa le propongo a María cenar en el hotel. Lo hacemos bastante temprano si tenemos en cuenta los horarios hispánicos, y nos metemos en la cama. Traspiro profusamente toda la noche, y creo que no sólo por la temperatura ambiente.
 

9-11 (viernes).- Nos despertamos haciendo un esfuerzo, y desayunamos, no menos laboriosamente. Después tomamos por la calle del Dr. Fleming hasta el Alcázar de los Reyes Católicos. En realidad el nombre del lugar es Alcázar de los Reyes Cristianos, según reza en los billetes de entrada. Está construido en el siglo XIV, en tiempos del rey Alfonso XI. Ésta fue la residencia de Fernando e Isabel durante la reconquista de Granada. No es éste el único apoyo de la extrema densidad histórica que a uno lo invade durante la visita, sino que al recorrer sus estancias y parque, se evocan otros fantasmas pues aquí estuvo preso el último rey moro, y los Reyes Católicos recibieron a Colón antes de su primer viaje a América.

A un lado de la entrada y luego de un elegante arco ojival se levanta una recia y serena efigie de Alfonso X el Sabio, sobre un austero pedestal de piedra. A su diestra la muralla almenada, apenas vitalizada por el trepar de una hiedra, contrasta con el jardín que le sirve de fondo, florido a pesar de la época del año. La planta cuadrada, de estilo mudéjar, luce en su fondo un enorme y hermoso parque que llega casi hasta las orillas del Guadalquivir, del que queda separado sólo por la Avenida del Alcázar.
El interior muestra, en todos los ambientes, evocaciones sensibles y piezas arqueológicas valiosísimas. De todas maneras la fascinación llega a su máximo en los jardines: las fuentes enmarcadas por mirtos y cipreses, los espacios sabiamente ordenados, los senderos que se abren paso entre una cuidada vegetación, constituyen un alarde de jardinería española con profundas raíces moras.

A la salida caminamos a orillas del río por la Ronda de Isasa, buscando la calle Porto, que por último resulta ser la calle del Potro con el nombre deformado por una lectura defectuosa del plano de la ciudad. De cualquier manera la hallamos. Frente a la Posada del Potro y a una fuente del siglo XVI está el Hospital de la Santa Caridad, hoy sede del Museo Provincial de Bellas Artes, que nos reserva la muy agradable sorpresa de una tela y dos grabados de Goya, y nos revela un sentido mundo artístico, especialmente a través de los trabajos pictóricos de Ricardo Baroja, y los escultóricos de Mateo Inurria. Almorzamos en un fondín frente a la Mezquita y regresamos al hotel para la siesta ritual.

En un taxi nos corremos hasta el Museo Arqueológico, pero está cerrado por refacciones. Regresamos caminando hacia la Catedral, disfrutando la edificación sobreviviente del barrio moro. Lentamente, saboreando cada rincón, damos una vuelta completa a la joya islámico¬cristiana, y nos encaminamos al hotel. Cenamos en un pequeño restaurante ubicado frente al Meliá, de una fascinante cursilería.  Apenas colgado el tubo del teléfono, entramos en coma profundo.

10-11 (sábado).- Después del desayuno intentamos un último recorrido por la Judería. Yo me permito una despedida por e:' interior de la Mezquita, con la misma admiración de la primera vez, mientras María se permite quedarse tomando sol en el Patio de los Naranjos. Cuando emerjo de ese bosque de columnas, hace bastante calor, como casi todos los días que hemos pasado en España. Ésta es la razón por la cual para dirigirme hacia donde está María doy un rodeo por la sombra que proyectan la muralla y el claustro. Cuando estoy haciéndolo veo a un joven de melena rubia y calzas atigradas que se acerca a mi esposa, sentada en el suelo con la espalda apoyada contra el muro del claustro. Tratando de evitarle un mal momento, aunque divertido de comprobar su éxito, abandono la sombra, que me hubiera obligado a cubrir un amplio ángulo recto, y cruzo el Patio soleado en diagonal, encaminándome directamente hacia la circunstancial pareja. El rubio y juvenil Casanova no se inmuta, murmura algo que no alcanzo a registrar y se retira tranquilamente como si sólo hubiera pedido la hora. María, con más expresión de intriga que de gratificación, enojo o miedo, me pregunta qué es un "porro", pues le acaban de ofrecer uno. Con las explicaciones y risas, salimos por última vez de esa maravilla arquitectónica. Almorzamos muy cerca de allí en "El Caballo Rojo". Es un restaurante tan lindo y bien atendido como nos dijeran Marta y Aniceto. Como he logrado no traducir a dólares, y mucho menos a australes, no me resulta tan caro, apenas algo más que los otros lugares en los que comimos, aunque con evidentes ventajas en cuanto a calidad de comida y atención.

 

Roque Fuertes