Málaga y la Costa del Sol Occidental
La Costa del Sol Occidental famosa por su climatología y playas guarda pequeños secretos aún por descubrir. Valiosas joyas que permancen fieles al paso del tiempo. Tradición y arte que espera que el visitante le regale la mirada. El agua, protagonista por estos lares, es iluminada cada mañana por el sol. Un rápido recorrido por estos once municipios permite encontrar lo mejor de unas tierras ricas en historia, en gastronomía, en recursos. Porque viajando por ellas, se descubren pueblos de trazado morisco, exquisitez gastronómica, artesanía al más puro estilo tradicional.
Un pequeño recuerdo de cada una de ellas, es suficiente para llevarse los mejores sabores de este pedazo donde ya de por sí su nombre indica misterio, el influjo andalusí se hace patente. Dicen que la localidad se ha convertido en el comedor de la Costa del Sol por su riqueza gastronómica. Aquí es posible degustar especialidades basadas en el cerdo, el cordero y la caza, rodeados de las sierras Palmitera y Bermeja. La montaña también está presente en Benalmádena donde, además de disfrutar de sus inmaculadas casas no hay que marcharse sin adquirir algún producto artesano ni degustar la cazuela cachorreña o las migas con leche. Pasado, paisaje y paseo para Casares.
Su vista desde la cima de la montaña, donde se puede contemplar el estrechamiento del Mediterráneo y el Estrecho de Gibraltar, es espectacular. No en vano la disposición de sus casas, sus calecillas, intrincadas y escarpadas, le han valido el título de conjunto histórico-artístico. La mirada no deja de sorprenderse tampoco al llegar a Estepona. Las playas dan paso a la sierra Bermeja que domina el paisaje montañoso de la población.
Cuentan que en los días claros, desde el Pico de los Reales puede divisarse la costa de Marruecos. La Sohail que llamaron los árabes, la Fuengirola actual, mantiene en la barriada de Los Boliches, el sabor del pequeño pueblo marinero que antaño fue. El silencio sobrecoge en las calles de Istán, interrumpido por el rumor de sus numerosas fuentes y luminosas y blancas casas, que contrastan con el verde intenso de la sierra. Además de su historia, Istán se enorgullece porque sus alrededores le han valido el título de Reserva de la Biosfera por la UNESCO.
Alcornoques, pisanpos y quejigos cobijan al pueblo con parajes de insólita belleza. Manilva aparece presidido por el castillo de la Duquesa, fortificación construída en tiempos de Carlos III para salvaguardar la costa. Un vaso de mosto para recuperar el aliento y llegar a la la internacional Marbella, el lujo de la Costa del Sol. Entre sus jardines, playas y campos de golf, el casco antiguo parece querer resistirse al paso del tiempo. Callejuelas, recovecos que aún se mantienen impasibles a los años. Los Tajos de la Concha o el Valle de Puerto Rico en los alrededores, muestran un aspecto diferente de la ciudad. La Villa Blanca, como conocen por la zona a Mijas es punto ideal para dar un paseo en burro por sus calles adornadas con flores multicolores y degustar el pan cateto. Las casas cúbicas con azoteas recuerdan el origen árabe de la serrana Ojén.
Si en Mijas se puede disfrutar de sus calles mediante un paseo en burro, en Ojén hay que dedicarse a patear y buscar entre sus desniveles la decenas de rincones que esconden sus callejuelas. Como también invita al paseo el barrio de pescadores de Torremolinos. De la inicial Torre de los Molinos quedan vestigios en el Molino del Rosario y el Molino de Inca, recordando que, en otro tiempo, por la villa se dispersaban numerosos molinos harineros.
Por todo ello, por su historia, sus gentes, amables, blancas y puras como las casas que las albergan, su rica gastronomía y el azul de su Mediterráneo, la Costa del Sol Occidental se alza como un enclave privilegiado lleno de luz y color.
Por PilarGómez
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