Experiencias de un turista argentino en museos de Madrid


Como artista siempre estuve intrigado por la evolución del arte español. Es por ello que viajé a Madrid, fundamentalmente, para hacer una recorrida desde Velázquez, pasando por Goya, hasta Picasso.

 

Museo Reina Sofía

 

Jueves 6.- Nos despertamos temprano para ir al Reina Sofía. Hay salas ultramodernas con mamarrachos insoportables, pero disfrutamos del Guernica, de otros Picasso, de Dalí, de Miró, de Gris, y de una sala de arte del románico. Antes de irnos nos sentamos un rato en el jardín para que Rosy descanse y tome sol, porque el tiempo nos sigue acompañando como en nuestros otros viajes a España.

El almuerzo en Jacintons no es el mejor. Paella, medio pegada a la paellera. Me cae pesada: supersiesta. Luego salimos a caminar por barrios que no conocíamos y que me resultan muy "majos". Cena liviana en Jacintons, con poco vino y sin Pacharán. Caminamos algo por indicación de Cari, y a la cama a ver la clasificación del Barcelona.

viernes 7.- Fiaca matinal, hacemos las valijas y las dejamos en conserjería a las 12. Salimos a dar una vuelta por la Gran Vía, para hacer tiempo antes de almorzar. Se me ocurre caminar por la vereda opuesta a la que tomamos siempre, y a poco de andar veo enfrente, detrás de una fachada común, una pared curva, que no puede ser otra cosa que el ábside de una iglesia. Me pica la curiosidad y nos metemos en la calle paralela, en la que debería estar la fachada principal del supuesto templo. Está, y están celebrando misa. Los fieles son todos viejos, inclusive hay un personaje de lo más particular, de capa negra y bastón que parece salido de un grabado del siglo pasado. De pronto descubro que en un confesonario hay un cura mayorcito con pinta de bueno, obedezco al impulso y me confieso. Resulta un tipo encantador. Sobre el final de la confesión se entera que tengo nietos y comenta "mira tú, un abuelito y en esas!". No puedo contener la carcajada y vuelvo al banco con Rosy entre las miradas asombradas de los ancianos que participan de la misa.

Sábado 8 - Despertamos espontáneamente a las 9. Durante el ritual del desayuno me llama Bibí para concertar temario y título de la conferencia de Salamanca.
Salimos a buscar cambio. En el banco más próximo al hotel no nos pueden atender porque se les ha descompuesto no sé qué máquina. Entramos a otro más pequeño en donde nos atienden tan mal como en Buenos Aires. Por último resulta que no se pueden cambiar más de 200 U$S, y además declarando nombre, Nº de documento y datos del hotel en que nos alojamos. Por suerte no objetan que Rosy cambie enseguida otra cantidad similar.

Cruzamos a la acera opuesta donde está la agencia de turismo "Juliá". Nos impresiona como una oficina pública. Una empleada que no deja de hablar frivolidades por teléfono, luego de un rato de plantón, sacude su cabeza hacia un lado como si se le hubiera desarticulado. En realidad nos está señalando otro mostrador que queda más adentro. Allí otra mujer deja de escribir en su máquina de muy mala gana y nos atiende, pero no obtenemos ninguna respuesta operativa: no saben nada de viajes en tren (!) o en autobús (!) a Granada y Córdoba. Por fin nos indica la dirección de otra agencia de turismo. Las precisiones son tan imprecisas que nos cuesta hallarla. En ésta tampoco saben nada de trenes y ómnibus (!). Empiezo a sospechar que para obtener datos sobre viajes tendremos que dirigirnos a una carnicería. Cuando ya se ha hecho suficientemente tarde como para cancelar mi primera visita al Prado, damos con una agencia que curiosamente tiene información y se ocupa de viajes: nos prometen los billetes para mañana.
Almorzamos en lo de Bibí, donde una sobrina de Carlos nos informa sobre la manera de entrar a la exposición de Velázquez en el Prado sin hacer cola. Siempre es bueno encontrar un porteño piola que sabe de rebusques. La prima fea de Carlitos nos sugiere ir a la muestra de Saura en el Museo de Arte Moderno, aunque supone que no nos va a gustar por su "progresismo".

Le hacemos caso a la prima fea y nos dirigimos al Reyna Sofía, de pasada vemos la impresionante cola para entrar al Prado. En el Reyna Sofía nos piden documentos para entrar. Los que expenden los billetes y quienes cuidan las salas son jóvenes ostensiblemente universitarios.
Este señor Saura, hermano del cineasta es un pintor que se pasó 20 años pintando lo mismo, sin el menor atisbo de evolución. Me asalta la duda de si la prima de Carlitos dijo progresista o aburrido. Nos vamos con la sensación de haber sido testigos de un gran y trágico camelo. Caminamos hasta la Puerta del Sol y allí tomamos un taxi. Siesta kilométrica y cena otra vez en el Museo del Jamón. Pero hoy nos vamos a la cama sin paseo nocturno.
 

Museo del Prado

 

Nos despertamos con la llamada de Bibí. Parece que en Salamanca no están dispuestos a pagarnos el hotel, y que se hace difícil organizar supervisiones clínicas como había ella proyectado. Después del desayuno nos corremos a la agencia de turismo a fin de comprar los billetes para Córdoba. Luego, en un taxi vamos a la pequeña iglesia que nos recomendara Hugo, y en la que existen frescos de Goya.  

Como el templo está cerrado, en el mismo coche nos dirigimos al Prado. La puerta del monumento a Goya está cerrada por refacciones, la del extremo opuesto es la cabecera de una cola interminable que aguarda pacientemente bajo la lluvia. De acuerdo a lo sugerido por la joven parienta de Carlitos, nos dirigimos resueltamente hacia la puerta que está en medio de la fachada frente al Paseo. Allí hay unas diez personas. Pagamos nuestros billetes y entramos. Está todo cambiado de lugar, posiblemente por los trabajos de arquitectura, y la muestra de Velázquez. Tal como nos dijera la porteñita piola pasamos al sector de la exposición de obras de Velázquez sin ningún problema, mientras la gente sigue haciendo cola bajo la lluvia. En ese momento nos encontramos con una psicoanalista que es vecina de platea en el Mozarteum y que nos reconoce.
Rápidamente la psicoanalista argentina entra en el olvido pues nos metemos a fondo en Velázquez. Alardeo delante de Rosy acertando, sin mirar los datos escritos en cada obra, cuáles de los cuadros expuestos están habitualmente en el Prado, y cuáles han sido traídos de otras partes del mundo para esta oportunidad. Me compro un fantástico catálogo a un precio increíblemente bajo, y nos vamos luego de prometerme a mí mismo no cometer el sacrilegio de comentar con palabras humanas las obras cuando relate el viaje.
Con un taxi rumbeamos para la calle de Cuchilleros, a mi entrañable Sobrino de Botín, que asombrosamente cada vez tiene menos tenedores (!). ¿Cómo puede ser que suceda eso en el paraíso de los cochinillos, en el primer restaurante del mundo, el más antiguo aún funcionando, con sus recovecos que transpiran historia y sus mozos que entonan melodías alegres?

Nuevamente conseguimos mesa en el sótano abovedado! La gratificación en el Sobrino de Botín es total. Comemos sensacionalmente, si bien nuestra mesa, ubicada en un pequeño y encantador apartado comparte el pintoresco y evocador espacio con otra en la que dos señores españoles almuerzan con una pareja de alemanes, y se dedican buena parte del tiempo a comentar la situación argentina, afirmando que la inexplicable frustración no tendrá solución en menos de cien años (!). De cualquier manera mi estómago resiste el embate emocional y digiero sin sobresaltos el excelente cochinillo rociado con buen y abundante vino Rioja.

Inevitable siesta. Despierto con signos inequívocos de un estado febril que no puedo medir porque no trajimos termómetro.
Salimos a cenar con Carlos y Bibí, en un restaurante de tan alto nivel como precio. Les regalo el libro y quedamos en comunicarnos telefónicamente.

Domingo 9.- Nos despiertan temprano. Tengo la clara sensación de que la fiebre ha descendido categóricamente o a desaparecido por completo. Dejamos el hotel a las 9 y en taxi nos vamos hasta la estación de Chamartín, que queda bastante lejos de nuestro punto de partida. Cuando llegamos el tren todavía no está en el andén correspondiente y debemos aguardar en el inmenso hall de esta terminal imponente. Me llama la atención la forma desmedida en que fuman todos, hasta el extremo que en un lugar tan amplio moleste el humo.

El tren, que es muy confortable y -para un argentino- curiosamente limpio, sale con puntualidad suiza. Iniciamos el viaje subterráneo saboreando todavía el buen humor del maletero que con una simpatía a toda prueba nos interrogaba sobre la situación argentina, la que nos sigue resultando tan difícil de explicar a otros cuando nosotros todavía no la entendemos por completo a pesar de sufrirla.
 
Definitivamente comprobamos que las agencias de turismo que nos tocó conocer o sufrir en Madrid deberían dedicarse al reparto de carbón: la estúpida que nos consiguió los pasajes arruinó su "proeza" al no hacer referencia a esta parada, a pesar de saber en qué hotel parábamos, y que Atocha está muy cerca del Mayorazgo. De esta manera nos hizo gastar un extra en taxi, y nos privó de un tiempo de sueño.
 

Lunes 10.- Nos vienen a buscar en un auto pues somos los únicos viajeros a esta hora. El viaje hasta Segovia resulta muy bueno, pero pasar de largo por el aeropuerto de esta querida ciudad, residencia de tan amados amigos nos resulta sumamente extraño. Ingerimos un desayuno mediocre y nos embarcamos en un vuelo del puente aéreo. Salimos con algo de retraso y en el último tramo sufrimos una cierta turbulencia. Es como si España se hubiera contagiado con nuestras variadas y contradictorias emociones. Como hay un exceso de llegadas debemos dar unas cuantas vueltas sobre Madrid. Cuando al fin aterrizamos, y como no hemos podido advertirle a Bibí sobre nuestro arribo, nos trepamos a un taxi y nos dirigimos a nuestro conocido "Arosa". En la entrada de la calle de la Salud está el mismo portero simpático del 80 y del 86. Nos reconoce, o es un genio de las relaciones públicas.

El Arosa está igual pero distinto. El aspecto exterior -tan poco agraciado- y el piso de conserjería y comedor están idénticos. otro tanto sucede con los pasillos de los otros pisos, pero las habitaciones nos impresionan como si hubieran sido modernizadas en detalles que no habíamos registrado en nuestra estadía anterior.

Apenas instalados intento comunicarme con Bibí pero no logro hacerlo ni con la telefonista. Cuando salimos para almorzar aviso que nuestro teléfono no funciona, y entonces nos enteramos que como la habitación que nos habían destinado estaba siendo aseada, la mucama y el botones decidieron, por su propia iniciativa, cambiarnos a otra, y que por esa razón no estábamos conectados a la red interna del hotel. Mientras transcurrimos este absurdo trámite oigo que una empleada está informando por teléfono, a quién sabe quién, que no ninguna persona con mi nombre registrado en el hotel, ante mi reclamo me pasan la comunicación a una cabina. Se trata de Alfredo, el primo de Aniceto, quien ya me había dejado un mensaje en el día de ayer, el que recién después de cortar la comunicación me entregan. Convenimos en salir a cenar esa misma noche. Aprovecho para llamarla a Bibí y quedamos en encontrarnos en un restaurante próximo al hotel que yo había descubierto en el viaje anterior.

Durante el almuerzo, que me asombra por lo barato, redescubro lo que sentimos por esta chica. Charlamos incansablemente, y después nos vamos con ella al Corte Inglés. Lo recorremos todo y compramos ropa y juguetes para los nietos. Luego algunos discos para el abuelo. El sector de música lo han instalado en un local nuevo, ubicado enfrente del monstruo central. La variedad y cantidad de discos y casettes se convierten en una verdadera tortura, pero por fin logro ajustarme a la realidad personal, adquiriendo sólo obras de compositores españoles.

Bibí se va a su casa y nosotros al hotel. Nos damos una ducha y bajamos a la recepción para esperar al primo de Aniceto. Éste resulta un tipo sensacional, con una mujer muy agradable, a pesar de manifestarse algo inhibida por haber tenido que venir con la hija, quien padece un ligero retraso pero que se integra bastante bien al grupo. Cenamos en un restaurante gallego donde a Alfredo lo conocen hasta los crustáceos del vivero. Nos hacen probar absolutamente de todo, hasta terminar escanciando una generosa cantidad de copitas de oruxo casero (!!!). Durante toda la cena no cesamos de hablar, sobre todo de política. No es demasiado fácil hablar de ésto con un exiliado, pero lo logramos, y hasta obtengo un cierto grado de autocrítica con respecto a la izquierda argentina.
 
   

Por Luis O. Germano