Pueblos de la región de Zamora


Camino de su desembocadura en Portugal, el Duero traza en Zamora una travesía de fértiles tierras pobladas desde la antigüedad. El río se convierte en el cauce generoso y duradero, vertebrador de pueblos y culturas que se han arrimado para crecer en sus orillas.
 
Muchos son los símbolos que se pueden encontrar en el largo recorrido del rio Duero. Y la noble ciudad de Toro, lejos de ser una excepción, exhibe a su entrada un verraco pétreo de origen celtibérico. Por aqui pasaron las huestes del general cartaginense Aníbal y los palacios han visto nacer y morir reyes durante las centurias por las que se prolongó el medioevo.

La villa fue cabecera de provincia hasta hace menos de dos siglos, época en la que sus límites se extendían hasta las tierras palentinas de Carrión y las cántabras de Reinosa. Aquí reinó Elvira, hija de Fernando l. Aquí reunió con Cortes en tres ocasiones Enrique II y, aquí, nació el hijo de éste, Juan II que, al igual que su padre, convocó Cortes en los años 1426 y 1442. Años más tarde, en 1476, los Reyes Católicos consolidaron su predominio en la batalla de Peleagonzalo, localidad cercana a Toro.

Escenario de tantos y tan destacados acontecimientos, la historia se asoma en cada esquina de esta ciudad zamorana. Cuenta Toro con castillo y murallas, que se abren en puertas como el Arco del Postigo que sostiene una capilla abierta en la Edad Media. Aunque el tesoro mejor guardado de la villa es la Colegiata. De estilo románico, fue construida entre los siglos XII y XIII y ofrece una bella visión llena de  equilibrio en sus volúmenes y rematada en su original cúpula. El cimborrio que la sostiene es similar al de la salmantina Torre del Gallo. Se pueden distinguir dos épocas diferentes: una que comienza en 1160 y que utiliza piedra caliza clara (ábsides, ventana y portada norte) con un estilo románico muy evolucionado, y otra en 1240 con piedra rojiza que, curiosamente, utiliza elementos arquitectónicos menos desarrollados.

Tras degustar el buen vino de Toro, cuya presentación es innecesaria, el Duero lleva al viajero hasta la capital de la provincia. Zamora, llamada por los romanos Ocellum Duri, fue repoblada por Alfonso III en el 893 y ceñida por murallas que le valdrían el nombre de la bien cercada. La ciudad, que fue asediada por doña Urraca y su hermano Sancho II, cuenta con un recorrido en el que destacan el castillo, la catedral, diversas iglesias, el palacio de los Condes de Alba y Aliste y el hospital de La Encarnación. A pocos kilómetros, se levanta, orgullosa, San Pedro de la Nave, iglesia visigoda del siglo VII única en su estilo. 

Aunque el paisaje más espectacular lo proporciona el profundo barranco que ha excavado el río y que se conoce como Arribes del Duero.
Este cañón se inicia una vez pasada la capital y alcanza desniveles de 400 metros. Muchas especies animales han encontrado en este hábitat rocoso el lugar ideal para anidar, como el águila real, el buitre leonado o la cigüeña negra.

No son, sin embargo, las aves las únicas beneficiadas con el trabajo del Duero. El río ha excavado un barranco en el cual se dan pequeños microclimas cálidos que ofrecen cultivos impensables en la fría Zamora. Así, el viajero puede admirar pequeños huertos de olivos, almendros, viñedos y naranjos que crecen en los bancales de esta sorprendente provincia.
 

 

Por P. J. Rodríguez