El Delta del Ebro, delicia natural el camino hacia el mar


Es otoño. Los campos de arroz, aún encharcados y teñidos de amarillo, pronto serán marrones. El ciclo anual de las cosechas está llegando a su fin. Los agricultores repasan las últimas tierras con sus tractores y la temporada de caza acaba de empezar. Mientras, gaviotas, patos, fachas y otras aves migratorias colonizan por millares esos mismos campos.

En el Delta del Ebro conviven hombre y naturaleza desde hace siglos. Se sabe, por un geógrafo árabe de siglo XII, que el río ya había hecho sus primeros depósitos en esta época adentrándose mar adentro algunos kilómetros. Pero es durante los siglos XIV al XVIII cuando se forma  la mayor parte del delta actual; el XIX vio nacer la punta del Fangar y el XX ha asistido a la apertura de una nueva desembocadura por la zona septentrional. Hoy los depósitos aluviales y la erosión marítima se mantienen en relativo equilibrio.

El ímpetu del río, la persistencia del mar y la manejable tierra han dado lugar a un triángulo irregular que, atrevido, ha ido ganando metros. El delta está situado en el  límite de una amplia plataforma cuya inclinación apenas llega a los dos metros de desnivel, suavísima pendiente que permite que, durante el verano, las aguas que se retuerce como si no deseara fundir sus aguas con las del mar.

Tres islas se abren en el curso del río antes de llegar a su fin. La más pequeña, la de Sapiña, se formó en una de las crecidas del río; la de Graciá, posiblemente el nombre del antiguo propietario, tiene una extensión de 400 hectáreas y está dedicada al cultivo de hortalizas y frutales. La tercera, la de Ruda, cubierta por arrozales, huertos y espesas arboledas, rodeada de eucaliptos y frondosos álamos, es el lugar más rico del delta, tanto por la fertilidad de sus tierras como por la biodiversidad que encierra.

Los antiguos habitantes de estos humedales consiguieron colonizar unas tierras donde el paludismo propagado por los mosquitos era uno de los principales
del mar impongan su fuerza a la del río y suban su sal hasta Amposta. Un cinturón de montañas, cual miradores, ciñe el valle donde han aprendido a crecer arrozales, pueblos, blancas masías desparramadas por la llanura y el tramo final de un Ebro.

 Hace unos 20.000 años, en plena glaciación de Wurm, las aguas del Mediterráneo se encontraban entre 85 y 90 metros por debajo de su nivel actual. Desde entonces, no han dejado de subir. Entre 8.000 y 7.300 años atrás ya estaban a tan sólo 10 metros por debajo de hoy en día, y hace unos 5.000 años sólo les faltaban 5 metros para alcanzar su cota actual, a la que llegaron hace unos 2.500 años.

En cada nivel, se fueron formando sucesivos deltas, cada uno de los cuales sirvió como base al siguiente, a partir del punto en que se encontraba la desembocadura en cada momento. El delta que hoy se conoce, se inició en el fondo de una bahía, en las proximidades de Vinallop y Camp-redó, un poco aguas abajo de Tortosa.

Numerosos son los relatos antiguos que dan testimonio del avance y de las modificaciones sufridas por la geografia de la zona, que mantiene cierto equilibrio entre la acción erosiva del mar y el aporte de sedimentos del río. Estos se han visto reducidos de los 22 millones de toneladas que aportaba al año a tan sólo tres, tras la construcción de los distintos embalses que jalonan la cuenca del Ebro. Aunque el hombre ha transitado por estas tierras desde muy antiguo, no se produjo la expansión de los cultivos hasta finales del siglo XIX. Las huertas ocupan unas 24.000 hectáreas de las 32.000 hectáreas de la superficie del delta.

Esta curiosidad es posible contemplarla en días de intensa radiación solar. Como consecuencia del calentamiento de la arena, el aire que está junto al suelo se estratifica en capas de distinta temperatura. Los rayos que atraviesan dichas capas se van curvando progresivamente, de manera que los ojos perciben como cercana la imagen de una realidad alejada. En este caso, el faro se ha sumergido, por así decirIo, en el mar que baña la Punta del Fangar.
La Punta del Fangar es una de las nueve zonas diferenciadas que constituyen el Parque Natural. Cuatro de ellas, situadas en la margen izquierda del Ebro, pertenecen a la comarca del Baix Ebre; las cinco restantes, en la margen derecha, se incluyen en el Montsia, la comarca más meridional de Cataluña y que limita con la Comunidad Valenciana. Pasar de una ribera a otra es tan sencillo como subir en un pequeño transbordador que cruza el río por Deltebre. Todos los días del año, este pequeño buque surca en zig-zag las aguas fluviales en un recorrido de menos de diez minutos.

Desde el pequeño transbordador, se puede apreciar el bosque de ribera que jalona el río. En la orilla, la salceda; en segundo término, la alameda y, más retirada, la olmeda. Por tanto, álamos, alisos, fresnos y olmos, acompañados por acacias, plátanos, chopos o eucaliptos, son los habitantes de estos reductos boscosos. Aunque los bosques de galería son auténticos refugios de biodiversidad y verdaderos corredores migratorio s de aves insectívoras forestales, en su mayor parte han desaparecido y en la actualidad es frecuente encontrar, en su lugar, cañaverales, huertos y frutales.

Lagunas saladas y de agua dulce, lagunas grandes y pequeñas, pero todas protegidas como espacios pertenecientes al parque natural, constituyen los ambientes acuáticos más atractivos para la avifauna. Con una profundidad inferior al metro y medio, su formación se halla en los antiguos galatxos o desembocaduras del Ebro o en las barras de arena paralelas a la costa que han creado estancamientos de agua, ya sea aislados o comunicados con el mar. De todas ellas, L'Encanyissada es la de mayor extensión. Orientada hacia el este, resulta el lugar idóneo para contemplar, tras un atractivo recorrido en bicicleta por el itinerario que la circunda, cómo se escapa el sol al final del día.
Si L 'Encanyissada, la Tancada o el Canal Vell representan las mayores superficies lacustres, los Ullals de Baltasar o de Casablanca son pequeñísimas lagunas aisladas, de forma ovalada (ull significa ojo) que nacen en la zona de contacto entre la península y el delta. Aquí, sólo hay agua dulce, el agua de lluvia filtrada en las sierras
del Montsia que emerge en las zonas de turberas vegetales. En estos minúsculos lagos, entre espigas y espadañas, crecen los nenúfares blancos tan escasos en Cataluña.
aves.