Provincia de Granada, introducción al turismo rural
Llegar a Granada
Renfe oferta sus trenes chárter dando la posibilidad a grupos de planificar sus viajes a medida mediante el alquiler de trenes completos o coches con descuentos. Asimismo, está la posibilidad de llegar a Granada en ei AlAndalus expreso, hotel de cinco estrellas sobre railes que comunica las ciudades culturales más importantes de Andalucía. Es un tren del año 1920 restaurado a la antigua usanza, similar al Orient Express.
Un panorama de la provincia
Granada está rodeada de bellos paisajes y pueblos por los que discurren las Rutas de alAndalus hasta llegar a la capital, donde confluyen los 13 itinerarios que propone el Legado Andalusí para conocer Andalucía y sus alrededores .
La geografía de la provincia de Granada se caracteriza por los contrastes que se aprecian entre las escarpadas sierras, que prácticamente rodean la capital, la fértil vega donde se cultivan todo tipo de productos: hortalizas, frutales, cereales, tabaco, etcétera, y la cercanía del Mediterráneo, que baña varias localidades de la provincia formando bellos paisajes costeras y bonitas playas. Esta variedad paisajística y de entorno hace de Granada una de las ciudades más completas y polifacética.
Son famosos los conocidos paisajes de pueblos alpujarreños, de calles estrechas, blanqueadas de cal y geranios y flores en las balconadas Esta admiración ha dado lugar a que escritores de reconocida fama internacional hayan plasmado con su pluma los encantos y belleza de esta comarca cada vez más visitada.
Artesanías
La artesanía granadina está marcada con el mismo sello que la ciudad: la presencia árabe, sobre todo nazarí, y el renacimiento. Entre los diversos trabajos destacan la talla, el dorado de la madera y la taracea, típica de la Granada árabe, que hoy se transmite de padres a hijos. En cerámica, la andalusí, con reflejos dorados y metálicos, y la de Fajalauza, que debe su nombre a la Puerta junto a la que se situaban los talleres artesanos. Los faroles de metal y cristal con ornamentación estilo árabe están presentes en casas y tiendas, igual que el tejido alpujarreño o alguna alfombra o tapiz. Otros oficios artesano/es son la orfebrería, la marroquinería y la cestería.
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El ómnibus a Granada sale muy puntualmente de una pobre y sucia terminal. Nos tocan los asientos 1 y 2, exactamente detrás del conductor, pero en un nivel más alto. La vista es magnífica, pero entre la calefacción realmente sofocante, dos adolescentes que en los asientos de atrás hablan rápido y fuerte durante todo el viaje, y sobre todo por las vueltas y revueltas del camino de montaña, desde Alcalá la Real Rosy empieza a marearse, lo que le impide disfrutar del paseo, y le deja un tinte verdoso para nuestro arribo a Granada.
En la Terminal están esperándonos Oscar y María del Pilar, con una calidez que me provee la primera emoción. Nos conducen en su auto a la Residencia de la Universidad. Ésta ocupa un extenso carmen que fuera propiedad de un médico. Está ubicada en la Cuesta del Chapiz, en los primeros tramos de la subida al Albaicín, con el frente mirando al Sacromonte. Trepamos varias escaleras del jardín, las que exigen un singular esfuerzo pues los peldaños son extraordinariamente altos, y porque tratándose de una residencia universitaria no hay botones como en los hoteles comunes, de manera que tenemos que cargar con el equipaje. Como Rosy está completamente fuera de combate, cuento sólo con la ayuda de Barrio. Para colmo al llegar al edificio hay que ascender todavía dos pisos más. Todo este recorrido lo hacemos escuchando a estos dos nuevos amigos que nos sugieren que si no estamos a gusto nos trasladan de inmediato a un hotel.
Los Barrio bajan a la recepción para esperarnos a fin de llevarnos a cenar. Me baño y salgo con ellos, mientras Rosy se queda en cama pues se siente algo repuesta pero aún no se anima a salir.
Cenamos en un restaurante de moda en el que han reservado mesa. De paso me muestran la zona de la "movida" de los jóvenes, que como los porteños andan por la calle haciendo tiempo hasta que llegue la hora en que la subcultura ha decidido que pueden empezar a divertirse. Comemos maravillosamente y comienza a tejerse rápidamente la urdimbre de una nueva amistad .
Al salir del resturante María del Pilar compra una gran croissant para Rosy. Cuando llego a la residencia la encuentro mucho mejor y me cuenta que como tuvo hambre bajó hasta el comedor a buscar algún alimento y encontró sólo pan. De cualquier manera se guarda el envío para el día siguiente.
11-11 (domingo).- Como los domingos y días festivos no hay cafetería salimos a buscar un lugar donde desayunar. Anoche con los Barrio habíamos detectado varios boliches. Bajamos la Cuesta del Chapiz hasta el Darro, recorremos el Paseo del P. Manjón, y seguimos por su continuación, la Carrera del Darro, registrando la iglesia de San Pedro para ir luego a misa.
Luego de desayunar en un bar intrascendente nos llegamos a San Pedro. La iglesia del siglo XVI, que por su fachada y sus muros prometía, se queda en promesa: por dentro es de un lamentable mal gusto decimonónico. El supuesto inconveniente tiene su ventaja: podemos participar de la misa totalmente desprovistos de todo espíritu turístico y cultural.
Después de misa volvemos a recorrer el Paseo del P. Monjón, ahora lleno de mesas con mucha gente tomando su aperitivo y gozando de un día espectacular y casi veraniego. Los copetines se toman en la plaza recostada sobre el muro que marca el límite del barranco que cae hasta el río. El Darro, a esta altura, es poco más que un arroyo. El servicio de bar proviene de los locales ubicados en la acera opuesta.
En directa continuación con el Paseo, seguimos por la Calle de los Reyes Católicos. Comienzo a reconocer lugares, sobre todo a partir de la Plaza de Isabel la Católica. Aquí debemos dar algunas vueltas en cada esquina porque están pasando, con gran éxito de público, los ciclistas de la "Vuelta de Andalucía". Todos son aplaudidos, hasta los más rezagados.
Llegamos a la Puerta Real y reconocemos la calle Angel Ganivet en la que está situado nuestro hotel de 1986: el Meliá. De inmediato rumbeamos hacia "Los Manueles". Todos los mozos están mirando el paso de los ciclistas, entre ellos nuestro Manolo, quien no nos reconoce hasta que hablamos del malestar de Rosy el día de su episodio con los gitanos. Lamentablemente no lo encontramos al salir. Pensamos que lo saludaremos la próxima vez que vengamos, pues estamos seguros de hacerlo.
Subimos nuevamente a la residencia, que cada vez nos gusta más.
Dormimos nuestra siesta ibérica y los llamamos a los Barrio, tal como habíamos quedado. Nos buscan para llevarnos a su casa que es un apartamento amplio y confortable en una zona residencial muy elegante. Nos presentan a los hijos solteros, tomamos un oporto con saladitos y luego una exquisita y divertida cena informal.
De regreso en la residencia nos dormimos temprano, custodiados por la imagen iluminada de la Alhambra.
12-II (lunes).- Nos despertamos temprano y espontáneamente. Tomamos el desayuno: el comedor funciona como auto-service. Luego salimos a caminar. Hacemos el mismo recorrido del día anterior pero al llegar a la Plaza de Isabel la Católica giramos hacia la derecha por la Gran Vía de Colón para visitar nuevamente la Catedral y la Capilla Real.
Apenas trasponemos el umbral del templo se nos adhiere un andaluz simpático que comienza a actuar como guía, pero ante la indiferencia de sus presuntos clientes, se abalanza sobre una pareja de yanquis que lo siguen encantados. Tanto la Catedral, como la Capilla Real y la colección de pintura flamenca y antigua vuelven a impresionarnos.
Tomamos un taxi, y partimos hacia la Cartuja. Al llegar a este maravilloso lugar nos encontramos con que en la cuesta verde que está al pié del muro del exconvento hay un pastor con su correspondiente torera de piel, cuidando dos o tres docenas de cabras. Se reiteran todas las sensaciones de la primera visita, sin ninguna forma de atenuación por el hecho de que ya no son novedad. El mismo horror ante los cuadros de la matanza de monjes a manos de los ingleses, la misma gozosa sorpresa en la sacristía, y la misma fascinación ante el Sancta Sanctorum.
Luego de esta tan breve como rememorativa y conmocionante visita, cruzamos al Campus Universitario que está exactamente enfrente de la fachada lateral de la Cartuja. Precisamente el primer cuerpo de edificio es el correspondiente a la Escuela Universitaria del Profesorado, que es donde tengo que dictar el cuso. Nos recibe María del Pilar con quien nos trasladamos hasta el despacho de Oscar. Entre los dos me muestran los otros despachos de catedráticos, y las delicadezas tecnológicas con las que cuentan para ejercer su actividad docente y de investigación.
Volvemos a la residencia con un discreto renacer de la envidia, pero tan velozmente como a la mañana cambio este sentimiento por el disfrute de lo que estoy viviendo: en definitiva en este momento estoy jugando el papel de docente de esta Universidad. Almorzamos muy familiarmente con el sistema de auto-service. Ya en la habitación Rosy toma el sol que entra por la ventana y yo me duermo una siesta (¿estaré envejeciendo?).
Al despertar intento dirigirme a la Universidad, pero me informan que los taxis no pueden llegar a la residencia pues el tránsito está cortado. Salgo caminando para buscar un coche, y del otro lado del muro del carmen me encuentro con un numeroso grupo de guerreros moros con armaduras, lanzas y cimitarras. Resulta que están filmando escenas de época, más allá de la confusión temporal que me asalta, predispuesto por la intensa presencia histórica de este bendito país, reconozco que cada día lo quiero más, como cantan las hinchadas de fútbol argentinas. Este amor disimula el malestar de tener que caminar hasta la Calle de los Reyes Católicos y Gran Vía de Colón para conseguir un taxi. El trayecto es casi todo el tiempo cuesta abajo, pero son muchas cuadras y debo caminar apurado. Por otro lado sigue haciendo mucho calor. De todas maneras llego a tiempo y no demasiado transpirado. Doy las tres primeras clases con evidente éxito: los alumnos siguen la exposición con mucho interés, y si bien todavía no se animan a formular preguntas, puedo percibir contratransferecialmente la sana comunicación.
De regreso a la Residencia cenamos, miramos un rato de TV y nos vamos a dormir. El clima de la Residencia es el más adecuado para después de una experiencia docente en esta Universidad a la que ya me siento profundamente ligado.
13-11 (martes).- Nos despertamos temprano y salimos a recorrer lo que podamos del Albaicín. De acuerdo a la advertencia de María del Pilar no nos metemos en callejones secundarios, a pesar de la terrible tentación con que nos atraen sus pintoresquísimos rincones. Subimos toda la Cuesta del Chapiz, deteniéndonos brevemente en la Plaza del Salvador. La iglesia homónima, del siglo XVI está cerrada, por lo que nos contentamos con dar una vuelta a su alrededor. En la Plaza del Abad están reparando parte de la calzada. El material lo llevan en asnos con alforjas (!). Regresamos a la Cuesta del Chapiz que a esta altura se continúa con la calle de Pagés. Luego del recuerdo agradecido al psiquiatra argentino homónimo, seguimos ascendiendo hasta la carretera de Murcia. La recorremos en una y otra dirección, aunque no más allá de una cuadra, con lo que nos perdemos -según lo sabremos luego- un mirador incomparable de Granada.
Del otro lado de la carretera descubrimos un barrio moderno pero respetuoso del más puro estilo andaluz. Son casas no lujosas pero muy bonitas, y casi todas ellas con un pequeño jardín, que de acuerdo a lo que nos han advertido los Barrio resulta una posesión excepcional en la España urbana. Claro que uno, en esta ciudad, se pregunta -sin respuesta- dónde empieza y termina lo urbano.
Hacemos todo el recorrido descendente, pero sobre el final desobedecemos la consigna de los locales y nos desviamos por la empinadísima Calle de San Agustín, para bajar luego por la Cuesta de la Victoria hasta el Paseo del P. Monjón. Ha sido un recorrido agotador, en la subida, por lo empinado de las cuestas, y en la bajada, por los empedrados árabes de los callejones, que torturan nuestros piés burgueses.
En todo este maravilloso recorrido hemos escuchado hablar a muchos granadinos, y hemos entendido apenas el 10% de lo escuchado. Como ejemplo vaya el encuentro de dos viejas que provoca en una de ellas un "imujeim!", que no podemos sino traducir por "imujer!".
En el Paseo del P. Monjón están empezando a abrir los boliches y a colocar mesas en la plaza alargada que bordea al río. Nos tomamos un copetín con tapas, descansamos algo en la residencia y después almorzamos en la misma. La siesta adquiere una profundidad proporcional a la caminata.
A pesar que los moros siguen dando vueltas por la Cuesta del Chapiz, pido un taxi por teléfono y me voy a dar mi segunda serie de charlas. Antes de ello me pagan el curso con un cheque: son 125.000 pesetas. A pesar de que de esa cifra debo descontar el pago de la residencia y los viajes, aún nos quedará un saldo positivo. Ésto lo descubro recién ahora. Descubrimiento exclusivo del aspecto económico, pues en el humano ya lo he hecho hace bastante tiempo.
Salimos a cenar a un pequeño local que conocen los Barrio, y que más allá de su aspecto decente pero poco lucido, nos brinda la oportunidad de acompañar el fabuloso vino español con jamón, croquetas, lomo de la orza, alumados, y otras exquisiteces que no nos brindaría ni el más refinado centro de gourmets. La charla es muy amena e incluye proyectos de ir a Buenos Aires. Cuando les relatamos la experiencia del pastor y las cabras frente al Campus Universitario, no se sorprenden en lo más mínimo.
Es notable la facilidad con que nos dormimos en España.
14-11 (miércoles).- Después de desayunar en la Residencia bajamos hasta la calle de los Reyes Católicos para cambiar el cheque de la Universidad en el Banco. Larga cola y pésima atención. Nos sentimos en casa. Después de 45 minutos podemos retirarnos y dirigirnos hacia una agencia de turismo en la que Oscar nos ha reservado pasajes de avión de Granada a Madrid, y de ésta a Vigo, así como de allí a Barcelona con escala en Valladolid. La caminata nos permite reincidir en la visita al ya conocido Corral del Carbón.
En casa de nuestros nuevos y ya muy queridos amigos nos convidan con un jamón y un jerez añejado en tonel por el propio Oscar que es un elemento sustancial para elevar nuestra calidad circunstancial de vida. Mientras María del Pilar le muestra a Rosy el videocassette de la boda de la hija, yo paso con Oscar a la cocina para un postgrado gastronómico: mostración de preparación de la paella. Resulta de primera.
Dormimos una siesta en lo de los Barrio. Oscar nos lleva a la Universidad y en la puerta se despide pue sigue viaje a Málaga donde debe participar en un curso. Siento una sincera emoción en la despedida. Doy el último ciclo de tres horas de clase. El éxito es notable, e incluye insistentes pedidos de libros míos. Fallan las previsiones de María del Pilar para que nos lleven al aeropuerto, de manera que tendremos que pedir un taxi desde la Residencia. Nueva despedida emotiva, ahora de ella. En la Residencia tenemos noticias inquietantes: no están seguros de podernos despertar, y por supuesto no habrá quién nos lleve el equipaje hasta la calle. Mis temores son de tal magnitud que durante la noche sueño reiteradas veces que ya estoy en la calle preguntándome cómo y quién bajó bolsos y valijas.
15-11 (jueves).- Nos despertamos tempranísimo espontáneamente, y casi de inmediato suena la chicharra pulsada por los caseros para lograr el mismo fin. Me pregunto qué sentido tuvo crearnos tal inquietud durante toda la noche, si al fin y al cabo nos iban a alertar a la hora solicitada. Bajo con todas las valijas brindando un lamentable espectáculo circense no profesional, que gracia a Dios no contempla nadie: todo el mundo duerme. Al llegar al edificio que cumple las funciones de portería descubro que no todo el mundo duerme: hay un grupo de argentinos que también viaja, pero que gracias a Dios no presenció mi burdo Via Crucis.
Vamos en taxi hasta el aeropuerto pequeño y simpático que ya conocemos. Despacho el equipaje directamente a Vigo, y como tenemos tiempo suficiente desyunamos en el bar de la estación.
Julio Ormán