Mallorca: un fin de semana de lujo


Hay cosas que no pueden dejar de hacerse en Mallorca. Desde comer ensaimada hasta visitar la casa donde se exilió Chopin por sus dolencias pulmonares, existe todo un abanico de atracciones. En un fin de semana lo clásico es ir a la playa. Hay en Mallorca una gran cantidad de blanearios que aprovechar, como lo vienen haciendo los turistas alemanes hace añares.

No le faltan a Mallorca las comarcas áridas que asombran por su grandeza; las zonas de La Cabrera y los montes de Puerto de Pollensa.

Los mallorquíes siempre están a punto de enseñarles lo más interesante de "su" isla que se conoce desde hace muchos siglos y también lo  recóndito (que lo superficial. lo puede hallar cualquier página de una guía) o esos recovecos que son los que forman un pueblo, su economía, su vida y milagros.

Y cuáles son esas cosas que podemos encontrar en la isla, por poco que las busquemos sin ir más lejos? Pues desde una historia interesante, los monumentos que nos hablan de ella, un folklore que no quiere desaparecer.

En cuestiones de comida, debemos mencionar al Rei en Jaume, suntuoso monumento de la gastronomía barroca del XVIII que sigue saliendo hoy, todavía, en la mesa de los senyors, de los nobles, el día de Navidad.

Según sea la época en que llegue a esa Mallorca que ha encontrado "sin ir más lejos", le será agradable asistir a manifestaciones populares, que conservan buena parte de su pureza, o saber de muchas esquinas de nuestro costumbrismo. Yo, ahora, precisamente, acabo de terminar un libro una obra popular, de divulgación en que los abordo. Lo titulo "Nuestras Costumbres" y su índice abarca unos setenta artículos que se refieren a casi tantos otros temas diferentes de nuestra manera de ser: entre otros muchos, a nuestro carácter, mobiliario tradicional, al menaje, a los viejos aparatos de alumbrado, los carros y los coches de antaño (de los que alguno encontrará, rodando por las carreteras y caminos vecinales mallorquines), a la artesanía doméstica, de la que existen piezas que podrá adquirir usted y que no se tratará del souvernir ad usum, sino de una pieza que seguimos empleando nosotros: por ejemplo las cestas de palmito, que tejen de la hoja del chamaerops humilis las mujeres de la Comarca de Artá y de Capdepera (el Finisterre Mallorquín), entre otras ...
 

Souvenirs: una obligación

 

Lo que Mallorca ofrece a un mercado mundial ávido son las perlas y todo tipo de bijou y joyas hechas con perlas. La marca más conocida es Majorica, y a lo largo de toda la isla se puede acceder a estas exclusivas tiendas de perlas.

¿Quién es capaz de visitar un lugar y no llevarse algo de recuerdo, un obsequio para los seres queridos?
Las labores de artesanía de Mallorca tienen hoy una enorme importancia. Trabajos que vienen de antiguo. Basta con fijarnos en el nombre de muchas de sus calles. que nos hablan de una menestralía de larga historia: Alfarería, Cordeleros, Manteros, Pelaires, Remolares, Curtidores...

Atención a los vidrios, en variedad de colores y formas, fabricados siguiendo la técnica tradicional de los antiguos vidrieros. Algunos de los locales de fabricación de vidrio se pueden visitar, y presenciar el arte de soplar botellas o frascos.

La cerámica que nos ofrece las jarras de Felanitx, adornadas con calados Y ornamentación superpuesta; los singularísimos pitos o siurells de portol (Marratxíl que atraen a todos los visitantes.

Tapices y alfombras, cuero repujado, labores en hierro forjado Y cobre. objetos diversos en madera de olivo, maquetas de navíos a vela, que reme moran el glorioso pasado de la Marina Y la habilidad de los maestros de ribera. así como la primorosa obra de taracea. Todas ellas constituyen las más notables creaciones artísticas mallorquinas de carácter artesano.

No nos podemos olvidar del calzado, de primerísima calidad. cuyas fábricas de Inca. gozan de merecida fama. Así como las perlas de Manacor. mundialmente conocidas. fina y delicada artesanía, uno de los regalos casi indispensables que los
visitantes se llevan de la isla.

 

 

Nos damos una maxiducha y dormimos una minisiesta haciendo tiempo para ir a almorzar a lo de amigos mallorqués. José está con cara de cansado pero eufórico. Comen con nosotros Juan Carlos, y el matrimonio Sáenz. Rojo Sierra, que ha enviudado hace poco, es catedrático de Psiquiatría en la universidad de Valencia, pero por sobre todo nos resulta un personaje simpatiquísimo, con una gracia tan señorial y española, que nos cautiva de inmdiato. Su humor parece preferir una línea finamente antifeminista, que tal vez sea una defensa para no reactivar su duelo. En la conversación muestra una línea de pensamiento con respecto a la psicopatología que está muy cerca de mi posición evolucionista. Sáenz es oriundo de Logroño, y su esposa de Madrid, pero son catedráticos en la escuela de Magisterio en Granada -la carrera de magisterio en España es universitaria-. Ambos trabajan fundamentalmente en investigación. A pesar del brillo de Rojo Sierra, este matrimonio también se revela como muy agradable y con una sólida formación científica. Lo pasamos muy bien, a pesar de una vaga sensación: ¿no nos están quitando tiempo para departir con José y Úrsula?
Regresamos al hotel y me echo un rato en la cama. Después Rosy se queda descansando y yo marcho al Ayuntamiento donde se va a hacer la recepción de las Delegaciones Extranjeras. El Palacio del Ayuntamiento queda frente al de la Generalitat. Para llegar hasta allí debemos pasar frente a la Catedral, con toda la nostalgia que tal paso me genera.
Mientras estamos en la acera esperando a Sarró, suenan las campanas de un carrillón con un tema musical ejecutado con verdadera maestría. Cuando llega el Maestro atravesamos la gran puerta sumergiéndonos en un mundo histórico y artístico muy particular. El Ayuntamiento es como un enorme museo de vidrieras, columnas, escaleras, molduras, cuadros, frescos y esculturas.
Sarró, que se muestra físicamente envejecido, a sus 87 años acaba de contraer nupcias con su secretaria, 20 años menor que él. En sus gestos de bienvenida manifiesta estar emocionado de saludar a argentinos, para con quienes muestra una inocultable preferencia.
un empleado uniformado nos conduce en una muy interesante visita guiada por este palacio del siglo XIV. El Salón del Consejo de Ciento ya estaba construido cien años antes de que los Reyes Católicos bajaran a Barcelona para recibir a Colón. Recepción que por cierto no se realizó aquí, en este solemne recinto donde sí se lleva a cabo el acto académico para el que hemos venido. Por si faltaban emociones gratificantes, en su discurso Sarró se proclama argentino honorario.
Una vez concluído el acto pasamos al Salón de las crónicas, estupendamente decorado por los murales de José M. Sert, que domina la espacialidad y la monumentalidad. Allí nos convidan con cavas de Cataluña y unos saladitos exquisitos.
Vuelvo al hotel a buscar1a a Rosy, que por fin parece descansada. Los Moyá nos recogen en su auto a fin de llevarnos al Club de Polo de Barcelona, para la cena de apertura. Las instalaciones del club son magníficas, y tanto los aperitivos como la cena propiamente dicha, de excepcional calidad. Todo está dado para que sea una noche inolvidable. Ya antes de cenar me gratifico y enriquezco charlando con Sarró. Este hombre increíble está revisando su teoría sobre los delirios y completando un nuevo libro referido a dicho tema. A cada momento tengo que recurrir a un esfuerzo de la memoria para recordar la edad que tiene. Mientras yo consumo un aperitivo, él da cuenta de dos. Así mismo se come casi el doble de saladitos de los que yo puedo digerir.
A la hora de cenar compruebo que la risa es un magnífico digestivo. Los más jóvenes terminan bailando flamenco. En el camino de vuelta, y aún en las afueras de la ciudad somos testigos del trámite de una escultural prostituta que en bikini y botas discute sus condiciones con un presunto cliente que ha detenido su automóvil en la banquina. Ya en el hotel entramos en coma con singular facilidad.

El calor sigue siendo implacable y debo ir al hotel a ducharme y cambiarme para sobrevivir sin constituirme en un espectáculo repudiable. Vamos a almorzar con José y Coro. Está también Rojo Sierra, quien nos resulta cada vez más simpático, y que en respuesta a nuestra risa acentúa progresivamente su humorístico antifeminismo. Preguntamos por Barry y nos informan que está en Inglaterra pasando un mes en un colegio de allí. Se lo extraña.

Siesta en el hotel y caminata por Diagonal y aledaños. No nos decidimos por ninguna adquisición. Tomamos algo fresco y volvemos para darnos una ducha. Salimos otra vez, ahora para buscar un restaurante. Caminamos por Vía Augusta en dirección al Tibidabo. A poco de cruzar la Travessera de Gracia nos encontramos con Lamarca, quien nos recomienda varios lugares en esa dirección. Optamos por un restaurante gallego. El local es sencillo pero tienen un enorme vivero con variados crustáceos. No quiero comer nada de eso pensando que en muy poco tiempo vamos a estar con los Trabazo, y sospecho que volveremos a convertirnos en peligrosos depredadores de estos simpáticos animalitos. Semejantes pensamientos me inducen a un grave error, sobre todo teniendo en cuenta que el restaurante no tiene aire acondicionado: me como un lacón con grelos, patatas y chorizo (!). Lo que sigue es una profusa transpiración, a la manera del mejor sauna. Me consuelo fantaseando que he descubierto un nuevo método de adelgazar comiendo.

Nuestro hotel, el Bellver, está ubicado en este mismo Paseo, frente al mar. Es un edificio alto, con un frente irregular, que permite que un mayor número de habitaciones tengan vista a los embarcaderos de yates. Otra vez al hotel. Nueva ducha. A dormir. Dormimos una siesta con TV y salimos a dar una vuelta a pié por el Paseo Marítimo y algunas calles comerciales. De regreso al hotel cenamos y luego salimos a una gran terraza contigua al salón comedor. Tomamos una copa entre la piscina y la baranda que da al Paseo Marítimo, charlando largamente con Daniel y Mabel, mientras un tecladista y un guitarrista-cantor hacen música para la nostalgia. Un grupo de turistas maduros, entre los que predominan los sajones, baila con entusiasmo. Nos quedamos conversando hasta muy tarde. La distensión es total.

Enrique Fernández Vidal