Playas de Mallorca: todo el encanto del Mediterráneo en las exclusivas calas mallorquinas
La naturaleza geológica, que tanto ha influido en su vegetación, y la intensa luz del Mediterráneo engrandecen la hermosura del paisaje mallorquín, caracterizado por la gran variedad de perspectivas. Todo ello incide, al mismo tiempo, con el formidable colorido de las rocas y terrenos, que son un placer para la vista ante la rica y variadísima gama de tonalidades.
Siete alturas superiores a los 1.000 metros, enlazadas por ondulaciones preñadas de hermosos valles nos brinda la cordillera norte. Picachos que oscilan de los 200 a los 900 metros, hasta pequeñas calas adonde se llega sólo en bote, Mallorca está preparada para seducir a cualquier visitante de los más exigentes en materia de playas.
En el litoral se extienden los municipios turísticos más importantes como Palma, Calviá, Andraitx, Estallenchs, Bañalbufar, Valldemosa, Deyá, Sóller, Escorca, Pollenca, Alcudia, Muro, Santa Margarita, Artá, Capdepera, Son Servera, Manacor, Felanitx, Santañy, Las Salinas, Campos y Lluchmayor.
Si bien en Mallorca no existen los ríos, aunque posea numerosos torrentes, que en época de lluvia suelen ser caudalosos, las bahías asombran. al visitante. Son tres, soberbias, majestuosas, relajantes, capaces de competir con las mejores y mayores del mundo: la de Pollensa (10 kilómetros de fondo por 5 de anchura) delimitada por los cabos Formentor y Pinar; la de Alcudia (12 Y 14 respectivamente) comprendida entre los cabos Menorca y Farrutx; y la de Palma (16 kilómetros de fondo por 15 de anchura) entre los cabos Blanc y Calafiguera.
Luego se suceden las calas, donde el placer del baño se transforma en una auténtica orgía de sol, arena finísima yagua a una temperatura realmente deliciosa. Por citar algunas, entre la multitud que se pueden encontrar destacaremos la de Cala Mayor y Porto Pi en la Bahía de Palma; Metas, Portals, Palma Nava, Magalluf, Portals Veis, Santa Ponsa, Paguera y Cala Fornells, La Cabrera, Cala Millar ... Unas cerradas por altos murallones de rocas, otras abiertas, pero todas con la uniformidad de estar cerradas con lenguas de finísima arena y cubiertas de transparentes aguas.
Grandes extensiones de bosques, que cubren las laderas de los montes, de espléndidos encinares en las alturas y de frondosos pinos en las partes bajas componen la riqueza forestal de la singularísima Mallorca. Los pinos proliferan de tal manera que son capaces de crecer en los acantilados y en las playas hasta la mismísima zona marítima. Pero el dominante final del arbolado mallorquín .10 forman las extensiones de almendros y olivos, unos y otros principales frutos de la isla desde la antigüedad. El clima es de lo más sano y benigno. En la época más calurosa. La media suele ser de 25 grados. Mientras, en invierno, la media es de 12 grados. No se dan nunca las temperaturas extremadamente frías, gracias a la protección de la cordillera norte, que, como hemos dicho antes, cierra el paso a los vientos fríos y al Mediterráneo que baña sus costas.
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21-VII (martes).- Desayunamos y salimos de inmediato, atravesando la isla hacia el este, hasta Porto Cristo. El objetivo es visitar las increíbles Cuevas del Drach.
Estas famosísimas cuevas están debajo de una zona parquizada con un logrado aspecto de naturaleza virgen, en la cual se levantan también unas instalaciones modernosas con fines comerciales. Nos aguarda una cola de proporciones, pero por suerte nos toca un lugar con sombra. Cada hora entra un contingente de turistas (más o menos unos trecientos).
Ni bien comenzamos a descender la escalera de acceso, la temperatura se vuelve tolerable, y ya en la profundidad se siente fresco. De cualquier manera estas sensaciones quedan muy pronto diluidas en el asombro por el espectáculo que comienza al bajar los primeros peldaños. El recorrido abarca cuatro "salas" y "pasillos", y se extiende unos tres kilómetros. Las "salas" están ocupadas por lagos, algunos de los cuales son de agua salada proveniente de filtracioens desde el mar a través de grietas en las rocas. El lago mayor lleva el nombre del espeleólogo francés que exploró las cuevas: Lago Martell. Tiene 167 metros de lado y 7 a 9 de profundidad. A orillas de este lago, en un amplio espacio levemente inclinado han instalado una gradería con bancos en los cuales tomamos asiento. Luego de un rato, y cuando ya todo el contingente está sentado, se apagan las luces y comienza a oirse una agradable música que se acerca. simultáneamente empieza a verse un resplandor sobre el agua a nuestra derecha. Desde atrás de las rocas de un recodo del lago surgen dos botes grandes, coronados por sendos arcos con bombitas eléctricas encendidas. Y en las dos naves, músicos que ejecutan, en instrumentos de cuerdas, música de cámara, la que con la acústica del lugar y el espectáculo visual alcanza un alto grado de intensidad expresiva.
Ya no queda mucho por ver, algunas figuras de piedra durante el ascenso por una escalera más empinada que aquella por la que entramos. Al salir casi habíamos olvidado el calor, pero recuperamos violentamente la memoria.
Muy cerca está Porto Cristo, donde encontramos un boliche muy simpático para almorzar. Las mesas, al aire libre, están situadas frente a la dársena natural, apenas modifiacada por los muelles, y en la que están amarrados muchos barcos, sobre todo veleros, de muy diversas banderas. Hay uno alemán de gran belleza.
Después de comer pasamos una tarde de playa en Cala Millor. Me animo más con el sol, ya que la crema que me recomendó Daniel ha mejorado notablemente mi piel. A pesar de todo me cubro de otra crema con "filtro".
Cala Millor nos ofrece una notable cantidad de mujeres luciendo "top-less", que Daniel no se priva de fotografiar. Hay de todo, desde jóvenes alemanas perturbadoras, hasta connacionales insufribles.
Durante el viaje de vuelta comentamos el parecido del paisaje con el de Cataluña-Tarragona que conocimos al visitar Poblet.
22/7
- Nos viene a buscar un ómnibus y partimos hacia el centro de la isla. Nos detenemos brevemente en Inca, una ciudad aparentemente dedicada a la industria y artesanía del cuero. Cumplimos con las obligaciones comerciales de la agencia de turismo visitando una fábrica de aquella especialidad, y por supuesto no adquirimos ni un monedero.
Volvemos a partir, y relativamente pronto alcanzamos la zona montañosa. Las sierras no son demasiado elevadas, pero sí muy empinadas, de manera que para cruzarlas tenemos que trepar 800 metros por un camino de cornisa bastante inquietante. Al llegar a la mayor altura se divisa el Mediterráneo: un panorama que descalifica a cualquier postal.
Al pié de la ladera por la que descendemos nos enfrentamos a Calobra, una "aldea" con pocos edificios: hotelería, gastronomía y venta de "souvenirs". Da sobre una playita mínima en una ensenada de juguete con un embarcadero proporcionado al lugar, desde el cual zarpan y atracan continuamente barcos que, tanto en su interior como en buena parte de la borda tienen filas de asientos para los turistas. En realidad se trata de miradores flotantes. Subimos al que nos indican los guías y logramos ocupar el primer asiento. Nuestra nave realiza un interesante recorrido por los acantilados, altos y rocosos, con el consabido misterio de la fuerza vital de la vegetación: el surgimiento de árboles o arbolitos en los más reducidos escalones de la pared de piedra. Pared que cada tanto se abre en grutas de diversas dimensiones y a distintas alturas. En dos oportunidades nuestro barco enfila directamente hacia el acantilado para penetrar en otras tantas grutas de superficie. Sólo después de extinguirse la impresión de semejante enfrentamiento con la naturaleza, en el contexto de un paisaje incomparable, nos ponemos a pensar en la extraordinaria pericia del timonel.
Por fin llegamos al Puerto de Soller. Aquí la ensenada es más abierta, la playa más amplia, el embarcadero de mayor tamaño. Puerto Soller es un pequeña ciudad llena de negocios típicamente veraniegos. Almorzamos en un snack-bar que mira al puerto, y por cuyo frente pasa un pintoresco tranvía carrozado en madera, y que arrastra dos vagones, abiertos por ambos costados.
Nos viene a buscar el mismo ómnibus que nos llevó a Calobra, y que mientras nosotros hacíamos la travesía marítima regresó por el camino de cornisa para esperarnos aquí en el llano. Nos dirigimos primero a Soller y luego a Valldemosa. Ya desde el anuncio comienzan a vibrar las fibras chopinianas de mi espíritu melómano. El paisaje de Valldemosa es muy atractivo, pero por cierto que el atractivo aquí es la Cartuja y la memoria del músico polaco.
El ex monasterio se levanta en un parque arbolado en el que alternan antiguos ejemplares de olivares, almendros y algarrobos. La congregación se instaló en este lugar en 1399, pero los edificios actuales datan del siglo XVII y XVIII. Los frailes fueron expulsados en 1835, quedando uno solo para atender la botica, en la que Daniel me saca una foto debajo de un recipiente policromado en el que se lee claramente "Sulphur". Entramos primero en el templo, que a pesar de no estar ya consagrado me hace sentir incómodo con mi traje de baño, o como en España lo llaman, mi bañador. Es un construcción sólida, relativamente amplia y muy pobremente decorada. Enseguida pasamos a las celdas, sector en el que se halla la botica antes mencionada. Es un ambiente en el que el tiempo parece haberse detenido, y uno tiene la impresión inquietante de que en cualquier momento va a aparecer el fraile boticario a atendernos.
Visitamos las celdas, pero nos quedamos bastante más tiempo en la que ocuparon en su momento Chopin y George Sand. Se respira el clima de tragedia de aquel terrible año de casi agonía. Parece brotar desde los muros, desde los cuadros, desde el daguerrotipo y desde los dos pianos (el pobre mallorquí, y el tan inútilmente enviado desde Francia). No sé si hay una real metamorfosis del espacio, o si soy yo que proyecto mis propias fantasías en el lugar, pero tengo una nítida percepción sobre la permanencia de las huellas dejadas por el espíritu de Chopin en los muebles, los muros, los souvenirs y el encantador patio-terraza que, a la manera de un balcón conecta visualmente estas habitaciones con el parque. Me hace falta muy poco más de imaginación para escuchar los acordes de su más lúgubre preludio.
Regresamos al hotel con cierto apuro pues tenemos contratada otra salida para la noche. Nos llevan en bus hasta el "Es Foguero" que se anuncia como restaurante-espectáculo. Se entra a través de un parque de extrema cursilería con jardincitos, lagunitas y puentecitos. El local es modernoso y enorme, pero sin demasiado atractivo. El salón mayor está decorado con el típico estilo de comedia musical yanqui de los años 40.
El prólogo ha resultado pésimo, pero de allí en adelante todo sale a la perfección: comida muy bien preparada y abundante, vino con canilla libre y por último champaña catalán también sin límite. Mientras comemos hay música, con varios números entre los que se destaca una buena orquesta de jazz, una "big band" de alto nivel y con un trompetista negro que se las trae. A los postres se baila en el escenario. Luego de un breve lapso se inicia el show que nos resulta fantástico. Hay un ballet español sin solistas, con un cuerpo de baile de lo mejor y una música adecuadamente seleccionada, con coreografías cuidadas y decorados de primera. A continuación los asombrosos "Philippe Gentry Puppets", un espectáculo de teatro negro del mejor nivel, en el cual lo humorístico y lo estético se conjugan en proporciones armoniosas. También actúa un alemán que habla con gran soltura varios idiomas, y que le "roba" el reloj y otros objetos a los voluntarios. A uno de ellos le quieta hasta la corbata (!). Lo hace todo con una habilidad pasmosa, y con una simpatía que no desluce ni siquiera después de los "Philppe Gentry Puppets". En el final los "Fassmont", que realizan pruebas acrobáticas en motocicleta, nos llenan de ruido y humo.
Al volver al hotel Daniel sale a buscar algo para comer para "combatir la acidez", y nosotros a dormir, tan cansados como satisfechos.
23/7
Salimos recién a las 11.30 por la ruta que va a Inca. No nos detenemos en esta ciudad, pero al pasar por la rambla en la que visitáramos la fábrica de artículos de cuero alcanzamos a ver una feria instalada a lo largo de de la plazoleta central. Seguimos hasta Alcudia y desembocamos en la Bahía de Pollensa. Allí nos sobrevienen innumerables dudas que se traducen en idas y venidas, en una especie de turística neurosis obsesivo-compulsiva paroxística. De pronto ésto cesa pues encontramos la ruta al Cabo Formentor. El recorrido hacia el extremo norte de la isla bordea las últimas elevaciones de la cadena montoñosa que enmarca el oeste mallorquí. El camino, entre los acantilados y con numerosos balcones hacia el Mediterraneo es realmente muy bonito. En un momento atravesamos un túnel bastante largo y sin ninguna iluminación artificial. Dada la hora decidimos regresar a Pollensa sin alcanzar el vértice insular.
En el puerto de Pollensa descubrimos un restaurante importante.
Ocupamos una mesa bajo un toldo al borde de la dársena, en cuyas aguas pululan las lisas y otros peces más pequeños, parecidos a los cornalitos, que se arremolinan con gran alboroto cuando les tiramos migas de pan. La comida, de excelente calidad, queda así, además, amenizada por este singular show infantilmente divertido.
Después de almorzar pasamos una tarde de playa en la Bahía. El agua es templada, muy azul y sin olas. Ésta parece ser la característica general del Mediterráneo, por lo menos del que conocemos. Frente a la costa hay una balsa desde la que parten y hasta la que llegan muchachos y chicas, que arrastrados por una lancha, se elevan gracias a coloridos paracaídas. Cuando regresan a la playa en la misma lancha, comprobamos que varias de las jóvenes son muy atractivas. Daniel sigue intentando sacarnos fotos en las que dichas niñas aparezcan como fondo.
A pesar de que estoy bastante bien de mi piel, en un momento me separo del grupo y me refugio bajo un pequeño toldo, es el mismo en el que hasta hace un momento expendían los billetes para la aventura de los paracaídas marítimos. Muy poco después oigo unos insistentes chistidos a mis espaldas. Como no cesan me vuelvo y me encuentro con un jovencito a quien no había visto llegar, y que me saluda con voz amaneradamente seductora. Confundido y con una enorme sensación de fracaso de que mi única anécdota erótica de Mallorca sea con un homosexual, lo dejo hablándole a la arena y me reintegro al grupo.
Regresamos por la misma ruta y llegamos al hotel poco antes de la 21. Cenamos y concurrimos por última vez a nuestra terraza. Allí pedimos los acostumbrados café y whisky, pero la charla se opaca en varios momentos por las emociones que moviliza la inminente despedida. Ésta se produce luego en la habitación de los Trabazo, y los sentimientos activos me convencen del gran cariño que les tenemos.
Esteban Vivanco