País vasco: los encantos de Bilbao en una experiencia de 4 días por Biskaia
El viaje es magnífico, con tiempo de la misma calidad, y charla amistosa de alta tensión afectiva, aunque no se toquen temas demasiado profundos. Atravesamos Aragón y su paisaje generalmente árido, luego Rioja, verde y con gran cantidad de viñedos, y uno que otro polígono industrial. De pronto el paisaje se vuelve verde más intenso y continuo, y los carteles indicadores se tornan incomprensibles: hemos entrado en el País Vasco. No puedo dejar de sentir un cierto temor. Nos detenemos para tomar un te en una confitería de ruta de muy buen nivel. A medida que avanzamos en nuestro recorrido José se va volviendo progresivamente expresivo.
Bilbao, ciudad modernosa y poco atractiva. De los comentarios de José y Matilde no obtenemos ningún dato estimulante, salvo lo referido a la gastronomía. Nos hablan de la ciudad más fea de España, y del grupo ligado al CEMEDETE menos eficiente para la organización de eventos. El hotel es señorial, con una recepción lujosa y elegante. Las habitaciones no desmerecen la primera impresión: camas de plaza y media y conexión para Internet. Luego de un breve descanso cenamos en el restaurante del hotel, que es modernoso pero bastante bueno.
Jueves 20.-
Salimos a hacer un paseo matinal. Llegamos hasta la iglesia de los jesuitas. No lo parece. Es un pastiche con exceso de colores y un altar barroco. En el paseo llegamos a la Catedral gótica que me reconcilia con Bilbao. En un momento en que me quedo aparte con Matilde, me expresa su temor de que Jaime tenga vocación sacerdotal, lo que significaría perder la oportunidad de tener nietos. No me resulta demasiado claro el origen realista de este miedo. Almorzamos en un restaurante muy "majo": picada y pil-pil .
Volvemos al hotel para un breve descanso, y me desmayo. Traslado a la radio, que está en una zona de parque muy bonita. Vemos desde lejos el futuro Guggenheim. La periodista de la radio es muy simpática, y la entrevista me resulta tan agradable como todos los anteriores contactos con la prensa española. Luego de un brevísimo paseo por los aledaños de la radio, volvemos al hotel. Nos desencontramos con quienes debían venir a buscarnos. María se queda en el hotel y Matilde que fué con nosotros hasta el local del curso, se vuelve para buscar a su amiga.
A la salida la conozco a Laura. No me cae tan bien como las colaboradoras de Oviedo y Zaragoza. Vamos a cenar a un restaurante pituco que es de sus hermanos. Comemos con la misma calidad y abundancia de toda España. Regreso al hotel y sueño inmediato.
Viernes 21.- Salimos del hotel a las 10. Recorremos algo la costa de la ría, pero desde Plentzia nos internamos en tierra firme hasta Mungia. Volvemos al Cantábrico por Bermeo, y otra vez hacia dentro, llegando a Guernica. Aquí nos detenemos a averiguar cómo podemos hacer para visitar el árbol. Se lo preguntamos a un guardia ya entrado en años, enfundado en su chaquetilla roja, con una enorme boina del mismo color. Inmediatamente quita de la calle unos pilares que impedían el estacionamiento y nos hace dejar el coche, para que vayamos a la oficina de turismo que está casi enfrente. Nos informamos, y al regresar, este simpatiquísimo y servicial policía detiene el tránsito en la calle-ruta para que salgamos, mientras nos saluda con gesticulación pomposa.
La Casa de Juntas queda bastante cerca de la oficina de turismo, de manera que llegamos en contados minutos. El árbol de Guernica, lugar de reunión de los representantes de las diversas anteiglesias, verdadero precursor de los parlamentos democráticos, es un retoño del primitivo, plantado frente a la Tribuna en 1860. A éste es al que llaman el árbol viejo, destruído por el bombardeo de los nazis el 26 de abril de i937. Sus restos calcinados se conservan en un templete circular con ocho elegantes columnas sosteniendo un sencillo techo plano. La tribuna, que como queda dicho está muy cerca, es otro templete con ocho columnas de frente, bajo cuyo escueto techo se disponen unos sillares de piedra, con uno predominante en el centro. Las columnas sostienen un frontón de dimensiones armónicas. El uso que se le da hoy está limitado a ciertas ocasiones especiales como el juramento del cargo de Lehendakari y del Diputado General de Bizkaia. Detrás de la tribuna crece el retoño, trasladado a ese lugar en 1979, cuando contaba con 17 años de edad.
La Casa de Juntas es un edificio neoclásico cuya sala de la vidriera, que es la primera que enfrenta el visitante, es un museo de historia vasca. Lo más llamativo de ella es precisamente la vidriera enorme que la cubre e ilumina. En ella, con verdadero sentido estético, el árbol y la tribuna ocupan el centro, como punto de encuentro de los distintos municipios de Bizkaia. Este simbólico núcleo está rodeado por una orla con los monumentos más representativos de las distinta localidades. La vidriera fue instalada en 1985.
Lo que merece una mención muy especial es la Sala de Juntas, que es el centro del edificio. Estas juntas son una institución que se remonta a la Edad Media. Entonces se reunían bajo el árbol. Previo al acto de constitución de la Junta se celebraba una ceremonia religiosa en una pequeña ermita próxima. Con el tiempo, la asamblea se trasladó al interior de la ermita (Santa María la Antigua). En 1826 se demolió la ermita para edificar una sede más adecuada. Manteniendo aquella arraigada tradición pOlítico-religiosa, el arquitecto Antonio de Etxeberría proyectó un recinto que explícitamente cumple con las dos funciones. Al espacio oval, de aspecto recoleto, se accede por una puerta flanqueada por dos pilas de agua bendita.
los protagonistas estéticos de la Sala es el arte pictórico: detrás de la decorativa reja que separa a la barra de los representantes, se extiende una amplísima galería de retratos realizados por Sebastián de Galbarriartu y por los hermanos Bustrín en el siglo XVII. Estos retratos representan a diferentes Señores de Bizkaia. Sobre ellos, diez carteles recuerdan las fechas en que algunos de estos Señores juraron los Fueros, esas leyes que las Juntas habían ido elaborando a partir de los usos y costumbres de la gente, y que en nuestro siglo juró el Rey don Juán Carlos.
Si Covadonga embarga por el olor de hispanidad, Gernika induce a una emotiva sensación de respeto por el espíritu vasco. Nos vamos sintiendo algo bastante raro, que podría traducirse como: "Qué magnífico todo, lástima grande que conviva con ETA".
Salimos de Bizkaia para adentrarnos en Guipuzkoa. Siempre cerca del Cantábrico, pasamos por Mutriku, y nos detenemos en Deba, no sólo por satisfacer la nostalgia de Matilde, que aquí venía a veranear de pequeña, sino para maravillarnos con un paisaje de ensueño. Es una ría de dimensiones casi "íntimas" si las comparamos con las gallegas, pero con una espectacularidad similar. La parada la hacemos en un mirador bastante alto desde el que se ve el lecho arenoso del río, el mar que desde donde estamos parece extrañamente manso, y frente a nosotros, apenas velado por la bruma, un acantilado como para escribir poemas o música. Se trata de una mole inmensa de piedra que desde la cima comienza a descender hacia el mar con una suave curva que se va volviendo rápidamente abrupta, hasta caer a pico hacia la rompiente con una línea discretamente cóncava. Frente al acantilado, en la ribera en la que estamos, y casi al nivel del mar, entre las rocas de la costa se ve un pequeño rectángulo verde en el que se levanta una diminuta capilla de piedras amarillentas, sin ventanas, y con una puerta ojival a la que se llega por dos escaleras convergentes con baranda modernosa. No me cabe casi ninguna duda de que no es un templo antiguo, pero su ingenuo y recatado aspecto redondea perfectamente el paisaje.
Seguimos la ruta, pasamos por Zumaia. Por fin Zarautz, y ya en la carretera, el cartel indicador de Karlos Arguiñano. De entrada hasta el edificio me impacta, es una típica casona vasca con un frente de piedras rectangulares pero de dimensiones bastante diferentes, con una puerta muy pequeña, con arco de medio punto y un ventanal con rejas grande y de excepcional armonía constructiva. José nos saca algunas fotos antes de entrar, porque el tiempo sigue siendo excepcional para la época y región. Por dentro el lugar no puede ser más lindo y elegante. En las plantas superiores funciona el hotel, y en la planta baja el restaurante. Un barcito abre el espacio gastronómico. Impresiona como más decorativo que funcional. En cambio los tres ambientes dedicados a comedor son una alarde de equilibrio de estilos de decoración y de funcionalidad gastronómica. La separación, más estilística que física, contribuye a que en cualquier lugar uno se sienta con suficiente intimidad. Es cierto que no hay demasiada gente, aunque sete mesas un viernes a medio día, en un lugar típicamente veraniego, me parecen un rotundo éxito. Ocupamos una mesa que queda sobre un ventanal enorme que da a una pequeña rambla de la que por dos escaleras extremas se baja a la arena de la playa. Es decir que estamos entre este ambiente acogedor y una vista del mar y las montañas que llegan hasta él, con un cielo sensacional. La impresión no puede ser mejor. La comida digna de Arguiñano. Luego de almorzar me permito el lujo de caminar brevemente por la arena dura de la playa, sintiendo la espuma del Cantábrico en mi cara.
Seguimos viaje, pasamos frente a Orio, y luego de varias villas, desembocamos en Donostia-San Sebastián. Esta es una ciudad que justifica las críticas a Bilbao. La avenida costanera es una maravilla. El mar está embravecido, y las olas que rompen sobre el murallón, que limita la calle, levantan su espuma de tal manera que no es posible pasar ni siquiera por la acera opuesta.
En nuestra recorrida por la ciudad visitamos la iglesia Patrona, es un templo del más puro barroco, ambientada con música conmovedora. Pero lo más memorable es el baptisterio que está en el extremo opuesto del altar mayor. Su estilo, muy moderno ha logrado mantener un extrañísimo equilibrio con el resto del templo. Para colmo la música barroca y actual a la vez, aumenta esta sensación que lleva a un profundo goce estético.
Seguimos viaje, dejamos el estricto País Vasco y entramos en Navarra. Pamplona no me impresiona demasiado en un primer momento. El hotel, es muy moderno pero elegante. Casi frente a él, en la Plaza de Europa se levanta la enigmática escultura "La Tramontana". Cenamos, luego una copa y charla en la que se plantea si Barry sufrirá una neurosis. A través de lo que me han contado de él, me parece un verdadero disparate, pero debo esperar a hablar con él. Quedamos en seguir el tema al día siguiente, y nos vamos a dormir. Con tantas impresiones emocionales, nos dormimos con extraordinaria facilidad.
Sábado 22.- Salimos con Jaime. Está grande y maduro. Visitamos el campus universitario, especialmente la Facultad de Ciencias Medicina y Farmacia. El campus es un sensacional predio parquizado con muy buen gusto, y de dimensiones increíbles. A su vez la Facultad es un edificio moderno que recorremos en sus lugares más importantes de la planta baja: entrada, locales anexos y aula mayor. En el parque hay un oratorio de la Virgen, con muchas ofrendas florales y algunos jóvenes orando.
Durante este recorrido visitamos la sede central de la Universidad y pasamos por la residencia de los estudiantes. El aspecto severo de la misma coincide con la descripción que hace Jaime del régimen carcelario que impera en ese lugar, en cuanto a horarios, visitas y orden interno. Estas características llegaron a favorecer verdaderas fugas de alumnos residentes, alguna de las cuales terminó con una fractura en miembros inferiores por haberse descolgado desde lo alto del muro que rodea el espacia abierto del en cierta medida lujoso edificio.
Previa ofrenda floral de José en el oratorio de Nuestra Señora, almorzamos en un muy buen restaurante próximo al hotel. Tal como estaba arreglado de antemano, mientras los demás se van a dormir la siesta me quedo con Barry en el bar del hotel. Yo me tomo un whisky y él un té. Se larga a contarme sus preocupaciones que podrían reducirse a dos líneas fundamentales: su relación con una niña, y la situación psicológica de José. Este vínculo, que no termina de definirse, se agrega a sus dudas con respecto a su relación con las mujeres; por su parte el padre lo preocupa pues lo ve desmotivado y teme que esté cursando una depresión. La conversación se extiende por más de una hora y media. Quedamos en que nos escribiremos.
Recorremos el casco histórico de Pamplona y atravesamos la Plaza del castillo con su entorno de edificación multicolor. El Castillo ya no existe sino en el nombre de la Plaza. Cuando pasamos coincidimos con una muy poco concurrida concentración de Herri Batasuna. Pasamos por el Ayuntamiento, que también es un edificio para gozar las ornamentaciones que suenan a barroco. Por fin visitamos la Catedral: una verdadera maravilla, restaurada hace muy poco tiempo. El impacto que declaro paladinamente lo lleva a José a regalarme un libro sobre este templo, que en dos enormes tomos fantásticamente ilustrados describe su arquitectura e historia. Semejante derroche informativo me libera de la descripción. Junto a la Catedral está el claustro en el que se abre las puertas del refectorio, la cocina: el museo. El refectorio se construyó para el servicio del Cabildo, que desde el siglo XII al XIX vivió en comunidad. La construcción del refectorio data del siglo XIV.
Un pórtico gótico con tallas representativas de la Iglesia y la sinagoga en las jambas y las escenas de la última Cena y la Entrada Triunfal en Jerusalén en el tímpano nos conduce a un recinto gótico de forma rectangular y considerables dimensiones (30 metros de largo, 10 de ancho y 13 de altura). La bóveda está organizada en cinco tramos, cuyos nervios cruzados se apoyan en catorce ménsulas esculpidas y policromadas. La iluminación se resuelve con tres grandes ventanales en los muros laterales y otros dos y un rosetón en el testero. La cocina está adosada al refectorio, y se llega a ella por una pequeña puerta a la derecha de la entrada. La cubierta forma casi una pirámide octogonal rematada en linterna-chimenea. Lo más destacado del museo es la escultura con una amplio muestrario de los siglos XII a XV. La pintura está menos representada, y abarca un período mayor, porque si bien la mayor parte de la colección corresponde a los siglos XIV al XVII, hay también lienzos del XIX. La orfebrería también luce con algunos relicarios como el del Santo Sepulcro del gótico francés, obsequio del rey San Luis a su hija Isabel, casada con Teobaldo II de Navarra.
Visitamos el piso de Jaime que es realmente muy lindo y amplio.
Pero antes de relatar esta visita no puedo dejar de mencionar que en la avenida que nos separa del barrio del "apartamento" de Jaime no hay semáforos, y tengo el privilegio de la extrañísima experiencia de que al cruzar por las franjas blancas, los automovilistas detienen sus carros (1). Ya en lo de Barry Matilde no disimula su preocupación y José parece ausente. Ponen un partido de fútbol. Juegan el Real con no se quién. El partido es aburrido pero José se concentra en él. Cenamos los cinco en el hotel. José sigue ausente. Nos acostamos temprano porque mañana viajamos a las 11 para no llegar de noche.
Domingo 23.- Desayuno solo como de costumbre. En ese momento llegan José, Matilde y Barry. Este se viene a mi mesa para charlar y asombrarme con su capacidad gástrica, dialogamos prometiéndonos escribirnos. En la despedida se lo ve emocionado.
Salimos puntualmente de Pamplona. Matilde ha hecho unos bocadillos con una exquisito jamón obtenido en la mesa del desayuno, y ha traído agua mineral, para detenernos lo menos posible. Viajamos bajo una tenue llovizna. Las paradas son breves. En una de ellas José, que ha cambiado y se muestra comunicativo como de costumbre me regala un cesto de frutas de Aragón que sabe que me gustaron. La llanura de Navarra es bastante menos verde que la del País Vasco. Aparecen los primeros carteles en catalán ya poco antes de entrar en Catalunya.
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