Toledo: un fin de semana desde Madrid en Castilla La Mancha
En Entierro del Conde de Orgaz, obra cumbre de El Greco, se encuentra situado en una humilde y antigua capilla de la fabulosa ciudad de Toledo. Sólo avistar esta obra vale la pena la escapada de un fin de semana a este sitio. Esto por no mencionar sus calles medievales perfectamente conservadas, así como sus iglesias. Entre éstas, demás está destacar la Catedral, que ofrece al visitante un rincón único: el Transparente. El turista, aunque pudiera sacar fotos, nunca podrá imitar la sensación de estar en ese lugar de la catedral por donde se cuela una luz celestial a través de sus finas capas de alabastro, iluminando los detalles de la nave lateral, cerca del barroquísimo coro.
Una plaza, un palacio y un convento recuerdan cada día a los habitantes de esta localidad toledana historias de un pasado lleno de esplendor. Por su situación geográfica, su término municipal fue lugar de paso entre el valle del Tajo, Extremadura y la Meseta Norte.
La Plaza del Rollo, centro neurálgico de la villa de Velada, quizá sea el punto de referencia para cualquier visitante que quiera conocer este pedazo de tierra castellano manchega, enclavado en la estribaciones finales de la granítica sierra de San Vicente. Con un poco de suerte, algún lugareño podrá contar al visitante retazos de la historia de la localidad. Porque la actual Velada ha surgido al amparo de la evolución de los siglos. En sus inmediaciones se asentaron culturas que enriquecieron a la villa y que han hecho de ella un punto de referencia para conocer la historia de la zona, unida, por un lado, a la comarca de Talavera, y por otro, a Extremadura, dada su cercanía a esta región, como demuestra el influjo de algunas de sus casas que recuerdan a la arquitectura popular de la cacereña comarca de La Vera.
Dicen que el número de habitantes de Velada comenzó siendo el de un escaso número de familias en el despoblado medieval de El Barrero, palabra procedente del habla popular extremeño que significa cerro. Tal vez, por ello, este enclave privilegiado fuera punto de mira de culturas pasadas que vieron el lugar ideal en él para la construcción de un castillo. De éste apenas quedan restos. Porque el pasado de Velada permanece en la mente y en el corazón de sus habitantes, transmitido de generacion en generación mediante la tradición oral. Sí es posible viajar por su pasado desde la Plaza del Rollo y recordar otros siglos admirando su iglesia, construcción del siglo XVI que emerge en medio de decenas de olivos.
Fragmentos de José L. Molina
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25-VII (sábado).- Me siento realmente extraño: estoy en Madrid, decidí no ir al Prado y no estoy desesperado. Como a la tarde haremos una excursión con Bibí y Carlitos, para no estar cansados en el vuelo de regreso, pasamos una mañana de haraganería en el hotel.
A las 12 nos pasan a buscar los Rodriguez Braun y partimos hacia Toledo. Llueve durante casi todo el viaje, pero ello no me impide disfrutar del paisaje de esta parte tan especial de Castilla. Recorremos algo la ciudad en coche comprobando la belleza de lo que no nos mostraron en el tour del 80. Me vuelven a encantar los callejones estrechos y tortuosos con edificación antiquísima. Estacionamos el auto cerca de la Catedral. Se nos adhiere un "chaval" que se presenta como artesano y que por fin logra llevarnos a un taller de damasquinado. Rosy resiste heróicamente cualquier intento de regalo por parte de Bibí y Carlitos, y yo ligo un pastillero encantador.
En el taller nos recomiendan un restaurante próximo, en el que resultamos los únicos turistas. Yo, empeñado en perturbar seriamente mi proceso digestivo me como unos callos como para el más crudo invierno. Frente al restaurante está el convento Santa Isabel de los Reyes, nos metemos en el templo austero y silencioso, y hasta llegamos a distinguir, detrás de la reja que separa la clausura, alguna monja en oración. El ambiente es tan recoleto que al poco rato nos empezamos a sentir intrusos y debemos irnos.
Desde allí, y bajo la lluvia marchamos a Santo Tomé, donde nos quedamos largo rato disfrutando del "Entierro del Conde de Orgaz". No puedo dejar de alegrarme de que esté lloviendo tan copiosamente para retardar la salida. Por supuesto que la obra excluye cualquier comentario.
Siempre corriendo bajo la lluvia llegamos a la Catedral. Nos vuelve a asombrar todo, pero muy especialmente el coro, el retablo y la ornamentación escultórica del exterior de la Capilla Mayor, las rejas, y el "transparente". Ni bien se sosiega la lluvia nos dirigimos a San Juán de los Reyes. Este monasterio no lo habíamos conocido en el 80. Es un templo del siglo XV, con una magnífica vista exterior y un interior que impone ese especial misticismo español. Si la fachada impacta por su equilibrio, austeridad y belleza, y el interior lo hace por aspectos fascinantes como el tallado de los púlpitos, la conmoción cede ante lo que uno siente al salir al claustro, en el que la luz, sabiamente administrada por los espacios y aberturas ojivales, permite palpar la paz y escuchar el silencio. Aquí es fácil percibir la presencia de Dios.
En el viaje de regreso a Madrid deja de llover. Pepe y Juana nos dejan en el hotel para que hagamos las valijas y paguemos las cuentas. Luego nos pasan a buscar para ir a su casa donde comemos unos emparedados. Por fin nos llevan a Barajas. Gran desilusión: no quedan asientos juntos en el sector de no fumadores, y en el de los viciosos encontramos dos recién en la fila 55.
Otra despedida emotiva, a pesar de que en este caso sabemos que ellos viajarán a Buenos Aires para las fiestas de fin de año.