O Castro y Castrelos, en Vigo


O CASTRO.

Es un monte céntrico, urbano, el primer mirador sobre la ciudad y la ría, y es también yacimiento arqueológico, parque y fortaleza. El tótem de la ciudad.

Desde la Porta do Sol se sube hasta el otero por la Baixada a Príncipe, calle escalonada que emboca en Placer, otra de las antiguas puertas de la muralla. Placer ahora da acceso, hacia abajo, a un nudo de calles (San Sebastián, Quentafornos) vertebradas por la Ferreiría, que entronca del otro lado con el paseo Alfonso XII. Se puede contornear por la Subida do Barranco. Dentro queda el barrio chino. Aquí residieron originariamente feriantes, chamarilero s y chambonas, mujeres especializadas en la compraventa de objetos usados. Empezaban por levantar una chabola y ésta terminaba como vivienda consolidada, junto al campo de feria, extramuros del castillo de San Sebastián. Este reducto urbano, como todo el Casco Vello, está en fase de rehabilitación a través del programa europeo Urban, pero en su actual degradación urbanística alcanza un "valiosísimo valor fantasmático", según valora el escritor Méndez Ferrín. En él se han emborrachado y montado escandalera s todas las escuadras del mundo.

El edificio del Ayuntamiento ocupa el solar de un viejo castillo.

CASTRELOS

Este pazo, conocido también por los nombres de Lavandeira o Quiñones de León, tiene su origen en un antiguo baluarte defensivo, la Torre Lavandeira, abandonado tras la retirada del ejército portugués en torno a 1665. Fue utilizado como hospital durante la Guerra de la Independencia (1808) y de ahí que siga denominándose "el hospital" un ala de la planta baja. Como Torre Lavandeira fue tributario del Temple y sus inquilinos se obligaron a que las obras de santa Teresa estuvieran siempre expuestas en la sala principal de la casa. La torre originaria data del siglo XVI. El pazo no sufrió ninguna transformación hasta finales del siglo XIX -en el estanque central hay una reproducción en miniatura de su anterior fábrica- y desde 1925 pertenece al Ayuntamiento, que lo convirtió en museo Municipal. El mobiliario no es original, sino producto de otras donaciones y compras municipales, pero recrea la atmósfera característica de un pazo gallego.

La colección de pintura gallega es la más completa que puede contemplarse. También se muestran 34 obras de gran calidad donadas por el museo del Prado, que fueron las primeras de sus fondos, y el legado del indiano Policarpo Sanz, 94 cuadros originales modernos, tres copias de maestros antiguos de la pintura europea, esculturas, porcelanas, relojes, etcétera. La  colección de pintura gallega comienza con la corriente regionalista de finales del siglo XIX: paisajes, costumbres y tradiciones populares reflejados con una estética genuinamente academicista y galaica. Álvarez de Sotomayor, Serafín Avendaño, Francisco Lloréns, están entre sus máximos representantes. Obras de Maside, Arturo Souto, Colmeiro, Lugrís, Laxeiro, Cristino Mallo o Luis Seoane reflejan la generación renovadora siguiente, hasta llegar al arte moderno y, en fin, el vanguardista del colectivo Atlántica, que alcanza repercusión internacional coincidiendo con el neoexpresionismo alemán y la transvanguardia italiana.

El museo de Arqueología se forma a partir del hallazgo, en 1953, de una impresionante colección de 30 estelas y algunas aras romanas en la zona del Areal. La colección continÚa creciendo con nuevas piezas de ese origen y de excavaciones realizadas en la comarca y en otros lugares de España, todo lo cual compone una sala monográfica.

Otra sala está dedicada al Castro de Vigo, con singulares testimonios de su sociedad, hábitat y prácticas comerciales. La cultura castrexa, la más emblemática de la arqueología gallega, coincidente con la edad de hierro, está representada además por los Útiles y adornos rescatados en los 28 castros de la comarca.

Los jardines que rodean el pazo fueron plantados a finales del siglo XIX sobre el espacio de producción agrícola. Galicia importa a través de Portugal, sobre todo, las distintas corrientes de la tradiciÓn jardiI nera europea. El ajardinamiento de Castre!os lo disenó Porto Jacinto Mattos. Las formas geométricas y regulares predominan sobre las naturales, e! jardín francés o italiano sobre el paisajismo inglés. El patio de entrada ofrece ejemplares muy representativos de la arquitectura rural gallega: cipreses, limoneros y naranjos. La rosaleda, salpicada de bustos, esculturas, blasones, vasos, paraguas' arcos, etcétera, es la parte más sofisticada. Los sucesivos periodos de floración y siembra en los macizos producen un continuo cambio de aromas y de paisaje. En e! jardín inglés la flora parece desarrollarse libre y espontáneamente sobre la pradera. Entre las especies arbóreas, las hay de gran antigÚedad, como un camelia del jardín francés, de unos 200 anos, y exóticas, como las espectaculares tulipeiras (magnolios) originales de Virginia, araucarias, cordilinas de Nueva Zelanda. Avellanos, acacias, laureles y enormes eucaliptos completan la población del parque.